Petro o el pecado de la lucha armada
A Gustavo Francisco Petro Urrego, senador desde 2018, exalcalde de Bogotá y flamante presidente de la República de Colombia, le persigue y le perseguirá su pasado guerrillero, como a los actuales políticos vascos de Bildu su apoyo a ETA o como en su momento sufrió José Mujica en Uruguay. La derecha no perdona (por razones ideológicas), pero utiliza la lucha terrorista cuando le interesa para avivar pasiones (y ganar el poder que lo considera suyo).
La derecha jamás entenderá los procesos históricos. Jamás entenderá los contextos históricos en los que se han desarrollado y se desarrollan los conflictos políticos-económicos-sociales. Jamás entenderá que es humanamente comprensible la decisión de tomar las armas ante las atrocidades que un dictador inflige sobre la población o el hambre que mata a tu familia. Acaba de estrenarse y triunfar en Nueva York “A mano armada”, historia y testimonio de la guerrilla antifascista asturiana (popularmente conocida como los maquis) en su lucha contra la dictadura franquista. Personajes que han recibido el elogio y han sido condecorados en Europa, en España siguen siendo considerados “delincuentes”.
La lucha armada nace cuando en el mundo proliferan los movimientos de liberación nacional (territorial o represivas): Argelia, Irlanda, Cuba, Colombia, Uruguay, Vietnam... la revolución pasó a ser una noción política fundamental y en España con mayor razón, porque se vivía en un régimen de terror.
La oposición al franquismo (PCE, anarquistas, socialistas, liberales, sindicalismo y hasta parte de la Iglesia), muchos integrados hoy en el PSOE o IU, veía con buenos ojos la lucha etarra, porque era lucha antifranquista. Todos éramos antifranquistas, por ello, no era infrecuente escuchar en las manifestaciones de Madrid, Barcelona, Sevilla, Salamanca...: “Gora ETA”. Hay, eso sí, una incapacidad o hipocresía para distinguir entre la ETA luchadora antifranquista y la ETA sanguinaria que sembró el terror en la España democrática.
Durante mucho tiempo se dijo en España que si ETA abandonaba las armas podía integrarse en la lucha política y defender sus ideas en el debate político y en las urnas (desde Felipe González a Aznar). ETA se acabó hace más de 10 años, sin embargo, quienes fueron sus “compañeros de viaje” (Bildu) hoy son tratados como unos apestados que no tienen derecho a estar en política sino en la cárcel (PP/Vox).
Algo de esto ocurre en Colombia con aquellos que, en su momento, tomaron las armas, pero que hoy defienden sus postulados políticos desde la política institucional. Azuzados por la derecha, los colombianos se han partido en dos, hasta tal punto que han permitido que un personaje zafio, vulgar, machista, agresivo, admirador de Hitler y multimillonario (el “alter ego” de Donald Trump) disputara las elecciones a la Presidencia de la República de Colombia a un tipo educado, economista de formación, exalcalde de Bogotá... y ¡oh, pecado, exguerrillero!, que lleva meses difundiendo y defendiendo un programa moderado, socialdemócrata que quiere poner en marcha en su país. Un programa progresista, con mucho estudio y construido desde la base con la aportación de todos los sectores de la sociedad.
Frente a él, el multimillonario que consiguiera su insultante riqueza a base del sufrimiento de la gente modesta (terrorismo económico): “Yo financio los edificitos que hago y yo cojo las hipotecas de esa gentecita, esa es la vaca de leche”. “Imagínese, 15 años un hombrecito pagándome intereses. ¡Eso es una delicia!”. Tiene la virtud además de soltar perlas, como las siguientes: “Al 60% de los colombianos no les gusta que las mujeres trabajen y ocupen cargos públicos, lo mejor es que se queden en casa”. “Apenas tome posesión como presidente, estableceré el estado de emergencia” (para gobernar por decreto) y, por supuesto, al igual que Trump, fanático de las redes sociales, especialmente “Tik Tok”, el paraíso de las fake news. Este personaje que se presenta como “el paladín de la corrupción” (¡tiene c…!) le persigue la justicia; días antes de la primera vuelta de las elecciones fue imputado por corrupción. Si hubiese ganado las elecciones, Colombia habría sufrido la vergüenza de tener un presidente sentado en el banquillo.
Ha ganado Petro, y los colombianos de bien es de esperar que respiren aliviados. La alternativa les habría conducido al desastre. Ahora solo cabe desearle suerte y, sobre todo, acierto. Tiene que responder con altura de miras al reto de ser el primer presidente de izquierdas en la historia de su país. Ha hecho bien en desmarcarse de personajes que han hecho (y continúan haciendo) mucho daño a la izquierda en América Latina (Ortega, Maduro). No puede olvidar, eso sí, que desde la derecha le seguirán machacando con su pasado en la guerrilla, como en España lo hacen con Bildu.
El triunfo de Boric en Chile y el de Petro en Colombia permite albergar nuevas esperanzas en ese continente tan castigado por los caudillismos y la voracidad de las multinacionales de su vecino al norte de río Grande.
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