Monkeypox se rebautiza
Sorpresa mayúscula mientras esperaba para comer en una tasca tradicional de mi barrio. Se me acercó el camarero y me preguntó:
–¿Para comer, señor?
–¿Que qué quiero de comer? Lechazo con patatas fritas.
–¿Y de beber?
–Albóndigas.
–¿Eh...?
Estaba en modo robótico porque no me podía creer que el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, fuera lector habitual de LA NUEVA ESPAÑA, o más concretamente de la sección “Cartas de los lectores”, donde un servidor (perdón por la autocita), escribía el 13 de junio: “¿Monkeypox? No me diga que le parece serio ponerle este nombrecito a una pandemia que se precie, y menos a la ‘viruela del mono’”...
Ahora, los teóricos de la coincidencia dirán que es solo una coincidencia, pero ha ocurrido: El Dr. Tedros ha anunciado ayer, día 20, que la OMS cambiaría oficialmente el nombre del virus de la viruela del simio.
¿El motivo? No lo sé, aunque si bien es cierto que las conspiraciones, las “verdades ocultas” y los complots les encantan a la gente, el señor director general podría haber aprovechado para decir que había visto la luz leyendo LA NUEVA ESPAÑA, pero no es el caso.
Explican que “en el contexto del brote global actual, la referencia continua y la nomenclatura de que este virus es africano, no solo es inexacta sino que también es discriminatoria y estigmatizante” (pausa para aplausos).
Esta explicación es llamativa y un poco peregrina. ¿A quién le va a parecer extraño que un virus que supuestamente se encuentra en los monos, y supuestamente causa la viruela, se llame “virus de la viruela del mono”? (pausa para risas).
Otros lo entienden de manera distinta y piensan que el verdadero problema está en que quieren llevar la narrativa de la viruela del simio al siguiente nivel, pero se han coscado de que un nombre tan tonto nunca asustará a nadie. Por eso lo están cambiando... quieren que la gente tenga miedo, y la “viruela del mono” simplemente es algo cómico, pero ni da miedo, ni resulta aterrador (pausa para reflexionar).
Yo, que soy un “traumas” jodidamente feo y con la maldición de tener unos genes lamentables, pues me he venido arriba pensando, sorprendido, lo poco que tarda la ciencia en convertir un timo en realidad.
No deja de ser una anécdota simpática y sin recorrido alguno, tan natural como si un experto le soltara la perogrullada “post coitum omne animal triste est”, que es como decir “después del coito, todo animal está triste”, pero no me diga que no hubiera sido la bomba que citaran la fuente y saliera nuestra sección de LA NUEVA ESPAÑA, ¿eh?
Bueno, quizás en otra ocasión y con una firma de más nivel que la mía.
Saludos cordiales.
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