Salvando planetas
El túnel del tiempo me trae a la memoria (lo evoco aquí ya que LA NUEVA ESPAÑA lo llevó en su día a la hemeroteca) que va a cumplirse un abultado aniversario de la realización de un proyecto interinstitucional con cargo al Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER) -"Futuro Medioambiental de las Ciudades Europeas"- del que, entre brumas, guardo gratos recuerdos y en el que, desde nuestra Universidad y en el contexto de su Convenio Marco de 1991 con el Ayuntamiento de Oviedo, tuve la oportunidad de trabajar y aprender durante unos meses, tanto con maestros y colegas de mi especialidad (alguno llegaría, pocos años más tarde, a ser Consejero con auctoritas y potestas en estos temas) como con destacados y estimulantemente animosos altos funcionarios municipales. Como su pomposo nombre sugiere, en este trabajo se trataba de presentar, analizar, difundir y tratar de aplicar -según su interés y posibilidades de transposición o traducción- las experiencias de importantes capitales europeas en hacer frente a los típicos problemas de contaminación en entornos urbanos. Se buscaban soluciones más o menos imaginativas y un modo de gestión ágil y novedoso, reto permanente para los modos y maneras de los que suelen adolecer las administraciones públicas de cualquier latitud y longitud.
Y, ya puestos, recuerdo sobre todo la celebrada ponencia de una ciudad francesa -tan parecida como diferente a Oviedo- sobre lo que allí denominaban sugerentemente "La onda verde", concepto polisémico donde los haya. Como muchos de ustedes recordarán o conocerán en esa misma u otras formas, se trataba de optimizar el ritmo de circulación rodada por el ámbito urbano mediante una relativamente compleja coordinación de la red (o redes) semafórica(s) de forma centralizada y, en buena medida, autorregulada informáticamente en función de la densidad local y temporal del tráfico. La idea era hacer ágil y fluida una circulación disciplinada (ni tortugas ni gilipuertas) reduciendo así la frecuencia de cambios de marcha, frenadas y arranques; es decir el tiempo de permanencia, el desgaste de discos y pastillas, el consumo de combustible (y adrenalina) y la contaminación a ello vinculada, ruido y malhumor incluidos. En efecto, me acuerdo de dichas ondas, sobre todo -y entre otros pensamientos no transcribibles- cuando hay que detenerse tres o cuatro veces recorriendo poco más de trescientos metros en una misma vía urbana (pongan ustedes imagen de su calle favorita, y luego cambiamos cromos).
Hubo una época en la que creí(mos) que alguna modalidad de onda verde se llegaría a implantar en Asturias. La realidad ha debido demostrar que la coordinación aquí es más difícil que allí, que Vetusta o las Matemáticas se resisten, o que hay que estimularse, unos y otros, pensando en motivadores registros conceptuales al uso (que hace treinta años hubieran sonado a coña o a marciano): Aceptar el reto de la defensa del planeta luchando todas y todos contra el cambio climático mediante reducción del impacto acumulado de una huella de carbono patriarcal e insolidaria (datos actualizados de esa huella personal y transferible nos los suministra la banca online progresista junto a los correspondientes a la devaluación de nuestro fondo de pensiones) mediante una conducción en clave verde y digital, resiliente, solidaria, armónica, ecoamigable y sostenible.
Pues (más o menos) eso. Yo ahí lo dejo.
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