Mirando atrás con ira
Los residentes del colegio mayor Elías Ahuja protagonizaron un espectáculo bochornoso, eso está fuera de discusión. Más bochornoso, sin embargo, me parece el tratamiento que ese episodio está recibiendo en tertulias y telediarios. Para empezar, la fiscalía que busque ahí un delito de odio confundiría el culo con las témporas. Esos chavales dieron un espectáculo, montaron la puesta en escena (como muestra la perfecta sincronización de la iluminación de las ventanas) de una gamberrada soez; acusarlos de odio viene a ser como acusar de asesinato al actor que "mata" en una película o en una pieza de teatro. Es confundir la realidad con la representación.
Cuando Echenique canta lo de "Chúpame la minga, Dominga, que vengo de Francia", no entendió la fiscalía (y entendió bien) que el cachondo de Echenique estaba proponiendo a una tal Dominga que le hiciera una felación por la peregrina razón de que venía de Francia. Todos entendieron que, sin cometer delito, había elegido una canción guarra; con lo que, a lo sumo, demostraba que era tan guarrillo como la canción elegida y la peña podemita que con regocijo lo jaleaba: si Echenique con ganas de cantar se hubiese decantado por "Compré una mula en Tafalla", habría hecho llorar a Ione Belarra, que sabe lo que en su tierra vale una mula.
Cosa bien distinta cuando al machito alfa le salta una válvula y suelta lo de "la azotaría hasta hacerla sangrar". Ahí no hay dicotomía entre realidad y representación; bajo una retórica de atrezzo sádico, aflora la real gana de hacerle pupa a una periodista incómoda. Sin que la fiscalía percibiera en ello el menor atisbo de una violencia de género al menos verbal e intencional. El asunto no llegó a los telediarios ni a la antesala de las tertulias. El macho alfa (sintagma que no admite plural) conserva en el neofeminismo de género el derecho de pernada.
Difícil volver la vista atrás sin ira al comprobar la burda doble vara de medir que la izquierda aplica a episodios de naturaleza semejante. La función infantil de guiñol financiada por el Ayuntamiento de Carmena en la que se apuñalaba a monjas y alguaciles, se ahorcaba a un juez y se enaltecía a ETA. O cuando aquí la progresía exquisita ("Do you remember, señor Masip?") hizo piña con Almudena, la de la estación, que en "El País" nos preguntaba: "¿Imaginan el goce que sentiría (la madre Maravillas) al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y -mmm- sudorosos? En 1974, al morir en su cama, recordaría con placer inefable aquel intenso desprecio".
La expulsión fulminante del chico en cuanto estalló la escandalera es el típico ritual exorcista del chivo expiatorio. Si recurre y da con un juez que distinga entre realidad y representación (amparada por la libertad de expresión, hoy prácticamente irrestricta), podría obtener la readmisión con indemnización por el daño causado. De hablar de expulsiones, ¿no habría que empezar por la del equipo directivo (sin considerar si son religiosos, laicos o mediopensionistas, que se dice ahora)?
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