Espiritualidad
Hay una mesa en un gran café cerca de casa, estratégicamente camuflada entre una gran columna y la pared. Allí suelo hablar con gente joven, de uno en uno. ¿De política?, no, no es necesario, las pequeñas dictaduras democráticas harán lo suyo, y lo suyo nos va a costar caro; lo único que me consuela es no haber puesto mi mano en ello. ¿Hablamos pues de fútbol?, no, ya sabemos los resultados aún antes de que empiece la temporada. En todo caso puede que mencione el equipo del Instituto Ausias March, de Barcelona, donde jugaba de medio volante en la década de los cincuenta -ahora se dice centrocampista-. Si lo menciono será para citar el deporte como un medio de mejorar el estado físico o como un estupendo vehículo de amistad y camaradería.
Bueno, pues, ¿hablamos de la guerra, de los refugiados, de la violencia de género, de los okupas, de la droga, de las bandas latinas, o del terrorismo islámico o como leches se llame?, puede que sí, pero como fondo, como el paisaje impuesto por estos tiempos. ¿De qué hablamos entonces? De espiritualidad. No hay que confundir religiosidad o tradición religiosa con espiritualidad. Todo el mundo tiene cierto espíritu. Es decir, tiene una disposición, inclinación o fuerza motivadora en particular. Por consiguiente, no sorprende el que con frecuencia se llegue a conocer bien a la gente por la motivación que hay detrás de lo que dicen y hacen.
Ahora bien, la persona con tendencias carnales se preocupa sobre todo de sí misma, hace lo que ella piensa que puede hacer y no se preocupa por seguir las normas morales. ¿Normas morales?, sí, lo siento si molesto, pero son necesarias. Estamos hechos a la imagen de Dios; acercándonos a él, podemos influirnos de su espíritu y producir sus frutos: "Amor, gozo, paz, gran paciencia, benignidad, bondad, fe, apacibilidad, autodominio". (Gálatas 5:22, 23). ¿Por dónde iba?, ¡ah, sí!, le digo a mi joven amigo que querer a la suegra no depende tanto de ella como de uno mismo, al fin y al cabo también es madre, y como a una madre...
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