La falacia del vehículo eléctrico europeo
La Unión Europea, empujada por el lobby ecologista y la presión social, se ha marcado un objetivo puramente político, convertir al Viejo Continente en la punta de lanza de la fabricación de vehículos eléctricos a nivel mundial. Este plan pasa por la prohibición de vender dentro de nuestras fronteras coches nuevos con motores de combustión a partir de 2035, aunque Europa no sea, ni por asomo, uno de los lugares donde más se contamina con carbono en el planeta Tierra, y aunque eso suponga poner en riesgo la supervivencia de nuestra industria automovilística, la cual es incapaz de transformarse en los plazos que le exigen unos burócratas que parecen ajenos a las particularidades de la misma.
Uno de los argumentos más enternecedores y manidos para convencer a la gente de las bondades de la electrificación es que seremos un paraíso verde, contribuyendo a paliar el cambio climático, y que encima dejaremos de depender de esos excéntricos y malvados jeques emiratíes del zumo de dinosaurio, que poco menos que hacen sus necesidades en tronos de oro macizo.
Dejando al margen cómo conseguiremos la energía para cargar todos esos coches, además de dónde vamos a enchufarlos, me pregunto en qué estaban pensando todos esos políticos al no tener en cuenta que para dejar de depender de los países de Oriente Medio y transicionar al vehículo eléctrico tendremos que abrazarnos a otra dictadura, todavía más grande, y que lleva décadas utilizando los recursos naturales de todo el globo para seguir funcionando, y esa no es otra que China.
Mientras en este «jardín» -como dijo Josep Borrell- los políticos, por miedo a descalabros electorales, se niegan a abrir minas que nos permiten fabricar las pilas que impulsan estos vehículos, China, con su eminente superioridad tecnológica, produce las baterías de las que dependerá nuestra languideciente industria en los próximos años, y no solo eso, sino que, además, ira introduciendo en nuestros mercados nuevas marcas de vehículos que acabarán copando las ventas si no se les pone freno. Me pregunto cuántos de nosotros pensábamos hace años que en nuestros bolsillos tendríamos teléfonos de marcas como Xiaomi, Oppo y Honor.
La misión de salvar la industria del automóvil europea no parece sencilla, pero está claro que la solución no es ponerle trabas. Hace unos días el Grupo Volkswagen, después de hacerse la foto con la plana mayor de los gobiernos de Sánchez y de la Comunidad Valenciana, anunció su intención de cancelar su plan de construcción para una factoría de ensamblaje de baterías en Sagunto si no recibe más ayudas comunitarias para ello. No seré yo quien me ponga del lado del pobre Grupo Volkswagen, pero tengo claro que, si los políticos quieren cambiar nuestra industria, tienen que hacer todo lo posible por que así sea.
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