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"Yes" (in memoriam)

30 de Octubre del 2022 - Fernando Martínez Álvarez (Grado)

El coche cruzó de Norte a Sur la Cordillera y avanzó por aquel aislado páramo, en la meseta.

El viaje se le estaba haciendo largo... pero por fin, más de tres horas después de que lo hubiera empezado, San Justo de la Vega apareció al fondo, en la llanura. Un racimo de casas de adobe y ladrillo, abandonadas a un azar bien aireado por el generoso viento otoñal de Poniente.

No se veía un alma en el pueblo.

Dejó el coche y caminó por un par de callejas de suelo de tierra.

Tras un portalón oyó unos ruidos metálicos y persistentes. Su mano cerrada picó en el enorme portón de madera envejecida por años de intemperie, que tras abrirse permitió ver una cara arrugada y curtida, mirando de forma inquisitiva.

"Busco la casa de Sebastián", dijo el llegado, como explicación esperanzada.

"Es aquí... ¿Viene por lo del perro...?".

"Sí".

"Entre y los ve".

En un pequeño espacio, cerrados por tres palés sobre la pared de piedra del fondo y con algunas briznas de paja en el suelo, tres cachorros boxer protestaban sus gemidos huérfanos; lamentaciones por ausencia de teta y calor materno.

"Los dos machos ya están comprometidos", dijo el hombre en tono de advertencia, mientras hacía un gesto con el mentón hacia los tres retoños.

"Pero... usted... dijo por teléfono que podría elegir", protestó el viajero.

"Así están las cosas", dijo el otro con parquedad.

El molestado chasqueó la lengua y cogió por la piel de la cruz, con una mano, a su única posibilidad: la pequeña hembra. La levantó ante sí y a la escasa luz de una bombilla mortecina pudo ver su preciosa capa atigrada de color castaño claro. Estaba interrumpida en el pecho por una mancha de un blanco limpio, una mezcla de leonada, supuso; y ésta aparecía también en cada una de las últimas articulaciones de las patas. Se creía verla en calcetines.

El interesado advirtió que tenía un marcado prognatismo. La mandíbula inferior sobrepasaba algo a la superior; era algo belfa, que se dice vulgarmente. Pero aún le importó más el poder comprobar frustrado el mal estado de alimentación y cuidados que presentaban los pequeños infelices: sus delgados cuerpos estaban lleno de parásitos, piojos y garrapatas.

Le recriminó todo esto al criador; no como pretensión de una rebaja en el precio, ya previamente acordado, sino en un intento, seguramente vano e inútil, por cambiar tales comportamientos futuros con los animales.

El importe del acuerdo fue liquidado; aunque para un animal así, de aquellas características morfológicas, en aquellas condiciones insalubres y sin certificado de origen... no era nada bajo. Pero el interesado reconoció que estaba "flechado" por la tigresa, así que el maletero de su coche acogió al pequeño ser.

Los nuevos amigos se pusieron en ruta y el conductor se encontró algo preocupado por su nueva compañía. Era demasiado joven, no parecía tener siquiera cuatro semanas; pero excepto por alguna pequeña queja en la parte de atrás, quizá echando de menos la falta de compañía de sus hermanos, el viaje se desarrolló tranquilo.

Tras una hora, y aprovechando una parada para repostar gasolina, Fate abrió el portón trasero y se encontró una mirada vulnerable que le observaba desde un sentado cuerpecito: ella había tomado posesión de su nuevo "territorio" y con sus deposiciones ya había dado "estreno" al vehículo.

Al ver el desastre, el conductor dijo: "Gocha, eres gocha".

La cachorra levantó la cabeza con una mirada despierta e inteligente, rara en esta raza, que más bien mira siempre con ánimo alegre y juguetón. Pero parecía entender.

Al llegar al final del viaje metió a la perra en una tina de agua templada y la enjabonó profusamente. Parecía que al animal le encantaba el baño. Después le aplicó por todo el cuerpo un líquido antiparasitario, que había comprado al llegar al pueblo. La dejó acostada encima de una manta vieja arrebujada y le puso delante un bol de leche con una cucharada de miel disuelta. Mientras la veía deleitarse, con su lengüita saboreando el líquido, Fate le preguntó... "¿Y cómo te vas a llamar?".

Siendo aún tan pequeña todos los días la sacaba a un parque muy desatendido, cercano a un estado vegetal bastante salvaje. Allí la animaba a que hiciera sus necesidades diciéndole otra vez... "Gocha, gocha...". Y cuando lo hacía, Fate le decía "Gocha" de nuevo, mientras sujetaba la pequeña cabeza para hacerle llamar su atención en el excremento. Y le repetía "Gocha"...

Algunos humanos creemos que los animales son bobos, pero estamos totalmente equivocados, como continuamente ellos demuestran a quien les dedica un poco de tiempo y se preocupa por entenderlos. En el caso de los perros, que han vivido y evolucionado con nosotros a lo largo de miles y miles de años, su capacidad de comprensión no hay duda de que es sorprendente.

Tras algunas situaciones de "alivios" corporales en aquel parque frecuentado y después de numerosas repeticiones del término asturiano asociado al hecho, el cachorro pasó a vincular los sonidos "Gocha" con sus desechos, sólidos o líquidos, y el acto de defecar u orinar.

Antes de cumplir los tres meses, si ambos se encontraban en el exterior, Fate decía "Gocha"... y si la pequeña tenía necesidad de ello flexionaba las pequeñas patas traseras y liberaba su cuerpecito. Y aunque las salidas para que hiciera sus necesidades fuera de la casa se hubieran convertido ya en cosa de unos pocos minutos, Fate siempre la premiaba con un buen rato de juegos y paseo.

Desde aquel primer viaje juntos, las únicas palabras para comunicarse entre ellos habían sido "Gocha, eres gocha". Ahora que la primera de ellas ya había sido entendida pensó en usar el verbo siguiente para transformarlo en nombre. Y como "Gocha" era palabra en asturiano, tradujo el "eres" también al asturiano, que se convirtió en "Yes".

Con el paso de los días ambos encontraron muy de su gusto el nuevo nombre. Además, su significado afirmativo en inglés casaba muy bien con el carácter de "Yes", siempre atenta y bien dispuesta.

En una de sus salidas se encontraron un pequeño palo tirado en el prado y empezaron a jugar con él. Fate aprovechó para repetirle "Palo" a la vez que se lo mostraba o se lo daba a morder... y "Yes" rápidamente lo asoció con el juego.

De esa manera, aquel parque medio abandonado y salvaje pasó a llamarse "el prao del palo". Unas palabras que a "Yes" le encantaba escuchar y que la hacían mirar atentamente, sentada en estado de espera, mientras el pequeño muñón de rabo, que le había dejado su desidioso criador, se movía inquieto. Y aquella inquietud era fundada, porque sabía perfectamente que en el "prao del palo" le esperaban maravillosas experiencias: el salto en vertical para tratar de coger el objeto de su adoración, la carrera con salto por encima de la pierna de su amo, intentando a la vez atrapar el palo de su mano..., o la presa fuerte de dientes en su correa de cuero, mientras era zarandeada en redondo, cual molinillo tibetano de oración, o tiovivo improvisado. Le encantaban los nuevos juegos, aprender a reconocer palabras nuevas, tener nuevas experiencias..., era pura vitalidad.

"Yes" aprendió a interpretar un amplio vocabulario, y siempre tomaba las decisiones oportunas sugeridas por él. No se confundía jamás al establecer la relación de los sonidos que había escuchado con lo que fuera que se esperara de ella. Era conocedora de una amplia variedad de términos que en alguna ocasión llegó a ser causa de situaciones simpáticas...

En muchas de sus visitas diarias a las granjas y cuadras de la comarca, Fate hacía que "Yes" le acompañara. Y en una ocasión, estando en una de ellas y después de haber realizado un reconocimiento a una vaca y darse cuenta de que le faltaba algo en su maletín, el veterinario dijo a su perro...

"'Yes', jeringa".

Y "Yes" corrió servicial y presurosa hasta el maletero abierto del coche, cogió en la boca la bolsa plástica que contenía una jeringa y la trajo diligente a su amo.

La granjera, que no había perdido detalle, estaba atónita con lo que había visto y dijo escandalizada mientras con la mano se tapaba la boca abierta por el pasmo...

"¡¡Ay Santo Dios, Fate..., este perro suyo habla español!!".

Y Fate, concentrado en cargar el líquido en la jeringa, dijo a la asombrada ganadera...

"De momento lo entiende. Lo de hablarlo..., bueno, estamos en ello".

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