El momento actual de la nación española
Quisiera compartir con los lectores unas breves reflexiones a propósito del estado actual de nuestra nación. Un estado que nos provoca desmotivación y desánimo generalizados. Ojalá todos nosotros como ciudadanos y nuestros políticos las tuviéramos siempre en cuenta.
"A la socialdemocracia española corresponde la inmensa responsabilidad histórica de haber dado poder institucional a aquellos grupos cuyos resultados electorales nunca les habrían permitido plantear desde alcaldías y mayorías parlamentarias autonómicas lo que en verdad desean: romper el acuerdo fundacional de la democracia de 1978 y, por tanto, empezar un viaje hacia la declaración de un nuevo periodo constituyente. Que el socialismo español considere enemigos a quienes son gobierno o alternativa de gobierno en toda Europa, mientras se encama con las mismas fuerzas políticas a las que la sensatez de la socialdemocracia occidental considera un aliado indeseable, es un episodio más de la deriva de la conciencia política de España.
Que la soberanía reside en el pueblo español es una afirmación constitucional irrefutable y tranquilizadora, que garantiza que nadie podrá gobernar pasando por encima de la voluntad de los ciudadanos y que todos estos habrán de ser consultados en aquellos asuntos que afectan a la existencia misma del sistema político vigente. Sin embargo, esa declaración solemne va acompañada, en todos los países occidentales, de una conciencia común, de una idea compartida, de una voluntad colectiva de ser y permanecer como nación. Ni Estados Unidos, ni Francia, ni Alemania, ni Italia han dejado al albur de las mareas caprichosas del humor público la afirmación permanente de sus valores fundacionales, convirtiéndolos en motivos de su constante proceso de nacionalización. Los ciudadanos de estos países no tienen que estar agitando a todas horas el principio de la soberanía nacional o advirtiendo de que las leyes vigentes dictan la permanencia intangible de la unidad de la patria. No necesitan hacerlo. Porque es algo que viven. En España, por el contrario, los dirigentes políticos siempre han pensado que la adquisición de una conciencia patriótica y, por tanto, la formación de un verdadero Estado nacional eran cuestiones secundarias, inoportunas, desaconsejables si se deseaba evitar acusaciones de intervencionismo o, lo que parece ahora irónico, que unos puñados de provincianos con fervor tribal se sintieran ofendidos. No hay duda de que se ha descuidado la dura y necesaria tarea de hacer españoles, de crear ciudadanos que nunca han brotado, aquí ni en otro lugar, por generación espontánea.
La idea de España, por otro lado, tampoco ha sido sostenida con brío ante la impugnación independentista. Aludir a la ley cuando otros apelan a lo más profundo de la maduración histórica de una nación, ha sido una forma penosa de ofrecer a los impugnadores de España la mayor coartada para sus delirios. España no se defiende mencionando tal o cual artículo de la Constitución. Eso sirve para canalizar situaciones de conflicto, no para establecer el origen mismo de nuestra existencia nacional. Cuando España se constituyó como Estado social y democrático de derecho, en 1978, no hizo más que cobrar forma institucional y tender una red de garantías legales y de aspiraciones a realizar. Pero era España la que tomaba esa decisión, una España anterior, una España ya viva, una España que solo pudo configurarse de ese modo en el orden político porque estaba presente en la marcha de la historia. España lo es más allá de los indudables excesos mesetarios de un casticismo anacrónico, que produce tanto rechazo en Cataluña. España es el fruto de un largo proceso de integración de territorios y personas impulsadas a construir una sola nación, una nación entera, diversa y consciente del patrimonio de su pluralidad. Desde el inicio de la modernidad, no hay momento histórico que pueda entenderse sin la participación de todas las regiones en la lenta e indeclinable formación de una nación, negada ahora por el fanatismo particularista de unos o la soberbia centralista de otros.
Por otro lado, la defensa de la unidad española no debe distanciarse de la cohesión de los españoles. No existe nación donde no hay libertad, decían los liberales del siglo XIX. No hay nación donde no existe justicia, proclamó el pensamiento del siglo XX. La unidad de España no es solo la territorial, sino la que se define por la dignidad de sus ciudadanos, evitando las situaciones de diversidad radical de recursos económicos. No hay nación donde la miseria de unos se acompaña de la opulencia de otros. No puede haber unidad en una patria escindida por abismos sociales que desfiguran el sentido mismo de una declaración general de derechos y, todavía más, el significado de una idea ambiciosa de tradición y destino común de los españoles".
Extraído de "Breve historia de España", de Fernando García de Cortázar, José Manuel González Vesga.
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