Marcados
Ayer mientras me duchaba me sobrevino de sopetón la temática de género. Aproveché la circunstancia para someterme a escrutinio y, de género, ni traza. En cambio, después de haberme secado, antes de vestirme, verifiqué y el sexo seguía ahí. No podía ser de otra manera si pertenezco al orden de los mamíferos cuyos individuos, como los de tantísimas especies, vienen al mundo marcados por la sexualidad binaria. Decir que los seres vivos somos sexuados es mera tautología puesto que existimos por reproducción.
El género es otra cosa. El género es una entidad gramatical, marca de las palabras. Ni los animales ni las cosas tienen género. El árbol en latín ("arbor") es femenino pero los árboles en el bosque son machos o hembras, o hermafroditas; aunque no copulan; florecen, se mecen en el viento y la "oficiosa abeja" hace el resto. Las velutinas en cambio no polinizan (¿estarán abonadas a la ideología de género como la alcaldesa de Xixón?). En alemán, el niño ("das Kind") es neutro, como si los niños tuvieran la sexualidad en "stand by", lo que Freud llamaba "periodo de latencia". También la señorita ("das Fräulein") es neutra en alemán, como si pensar que las señoritas puedan tener sexo fuera un desacato.
En español, que yo sepa, no tenemos sustantivos neutros. Tenemos el determinante que nos permite hablar, por ejemplo, del "lo malo", de "lo peor" y de "lo de Sánchez". Solo por una maliciosa licencia de lenguaje se dice de algunos que "son del género tonto". Es obvio, sin embargo, que hay cierta correspondencia entre el género verbal y el sexo biológico. La pregunta pertinente sería por qué incluso los términos que designan objetos inanimados llevan la marca de género. Tal vez se muestra ahí la traza fósil que dejó en el lenguaje la creencia animista de que la naturaleza entera era viva y sexuada.
Ahora asistimos a la operación inversa, a la extrapolación del género de la semántica a la biología, para borrar el sexo, el sistema natural. Lo inalterable. Una manipulación tan infantil como grotesca. Se disuelve el hombre corporal devenido "flatus vocis" y se abre un espacio fantasmal de géneros volátiles, opcionales, reversibles. Un espacio anómico sin otra ley que la del deseo. El reino de lo arbitrario. Una herejía antigua, el "docetismo", negaba la realidad física del cuerpo de Jesús. La ideología queer es un docetismo moderno que pasa de anatomía y de genética; nunca dirá "con la naturaleza hemos topado".
"Como el toro estoy marcado por un hierro infernal en el costado y por varón en la ingle con un fruto". Marcados en la ingle con un fruto. Los unos con un par, las otras con lo suyo. El bellísimo soneto del que recojo estas palabras andaba hace unos años por los libros de texto. Tal vez a estas alturas o bajuras a Miguel Hernández le hayan cancelado por machista. Un Ministerio con 500 millones de presupuesto puede hacer de una manipulación milagros (quise decir estragos).
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