Asturias: un futuro incierto
Han pasado 45 años desde que los asturianos nos regimos por un régimen democrático.
Desde entonces, la región ha sufrido grandes cambios, pero si nos comparamos con el resto de autonomías, Asturias ha ido perdiendo presencia en prácticamente todos los aspectos de la vida económica y demográfica.
La industria ha perdido peso, sin que de momento hayamos conseguido encontrar los recursos necesarios para continuar con nuestra tradición industrial o sustitutos capaces de frenar nuestro declive.
Las comunicaciones siguen siendo el gran escollo secular de la región, con la conexión ferroviaria lastrada por un trazado de 1850. Se anuncia para el año 2023 la posible puesta en servicio de la variante de Pajares, con más de 15 años de retraso frente a las fechas previstas y sin solucionar el diseño del ferrocarril en Gijón.
Todo contribuye a que Asturias languidezca y vaya empeorando sus ratios, en algunos casos de forma rápida y en otros más lenta con respecto al resto de España.
Algunas cifras reflejan ese deterioro.
El producto interior bruto (PIB) de Asturias en 1975 suponía el 3,1% del conjunto de España. En el año 2019 el PIB asturiano supone solo el 1,9% del total nacional.
Respecto a la renta per cápita, en 1975 Asturias se situaba en el puesto 7 y tenía el equivalente al 100,8% sobre la media nacional. En 2019, Asturias se sitúa en el puesto 11 y con el 88,4% de la media nacional.
El personal activo en 1975 suponía el 3,1% del total español. En 2019 supone solamente el 2% del conjunto de España.
En 1975 la población asturiana era de 1.089.000 habitantes, que suponía el 3,2% de la población nacional. En el año 2019, la población es de 1.020.000, el 2,2% del conjunto nacional.
En 1975, la edad media de los habitantes de Asturias era de 34,9 años. En el año 2019, la edad media es de 48,3 años, siendo la autonomía más envejecida de España.
A lo largo de estos años, para paliar las sucesivas crisis derivadas de la situación internacional, se dispuso de enormes cantidades de dinero público, procedente tanto del Estado como de las instituciones europeas, que fueron invertidas principalmente en ayudas al desempleo, mediante compensaciones salariales para las prejubilaciones, y también en fondos de creación de empresas que diversificaran el tejido laboral de Asturias.
Si bien la partida destinada a las prejubilaciones tuvo el efecto de disminuir la enorme crisis social que se habría producido de no existir esas ayudas, los fondos destinados a la creación de empleo han resultado un total fiasco, con grandes sumas de partidas destinadas a actividades no industriales o destinadas a ayudar a empresas que no han podido resistir y han terminado cerrando en su mayoría, perdiéndose los fondos sin ningún efecto positivo.
Alarma a los analistas el masivo éxodo de jóvenes de las generaciones de los años 70, 80 y siguientes, que ante la falta de expectativas de trabajo lo buscan en otras regiones y otros países. Esta emigración, negada en un principio por los gobernantes que la consideraron una leyenda urbana, empobrece intelectual y laboralmente a la sociedad asturiana, que pierde capacidad para mantener el relevo generacional.
La evolución futura puede considerarse desde un punto de vista pesimista u optimista.
Si los fondos que han de llegar a la región se emplean de forma similar al famoso Plan E del presidente Rodríguez Zapatero constituirán un tremendo fracaso y solo contribuirán a mantener el deterioro y a un aumento del déficit sin ninguna aportación real a la economía regional.
Puede ser una de las últimas oportunidades de frenar la decadencia asturiana y construir un futuro más esperanzador para nuestros descendientes.
Como puntos fuertes, que promueven al optimismo, pueden destacarse la cultura industrial de los trabajadores y su versatilidad y capacitación para afrontar las nuevas tecnologías. Las carreras de ingeniería, aunque lastradas por la reforma de Bolonia, son un importante foco de formación para las nuevas industrias. Recientemente la Escuela de Ingenieros de Minas de Oviedo ha sido declarada la mejor de España y se sitúa entre las mejores del mundo para impartir las enseñanzas de minería, energía y recursos naturales. La irracionalidad de su traslado es otra muestra más de las políticas sectarias y de la falta de criterios para conseguir el despertar de nuestra región. Los centros de Formación Profesional, si se aprovecha la experiencia adquirida de los antiguos centros de Trubia, Ensidesa o la Universidad Laboral, pueden ser una garantía de enseñanza apta para las necesidades actuales de capacitación de profesionales.
También es destacable la red regional de comunicaciones por ferrocarril, una vez terminada la variante de Pajares, tanto de ancho Renfe como de Feve, que con inversiones no muy importantes pueden suponer un ahorro de emisiones al rebajar el tráfico por carretera. La postura ecologista ha de demostrarse con hechos y no con palabras muchas veces demagógicas y poco efectivas.
Se ha perdido la oportunidad del trazado de las redes eléctricas Soto-Penagos y Lada-Velilla, que en su momento fueron paralizadas por presiones de colectivos ecologistas. Ahora se están empleando recursos para el desmantelamiento de lo ejecutado. El déficit energético con motivo de la descarbonización es un punto débil, que debe y puede ser combatido.
Las comunicaciones, tanto por vía aérea como terrestre o marítima, que permitan un fluido intercambio de mercancías y personas no pueden ser descuidadas.
La pesca, la agricultura, la ganadería... son industrias que pueden generar positivos efectos sobre la economía regional, a base de productos diferenciados que puedan ser introducidos en el mercado alimenticio con el sello de calidad.
Los astilleros, que se vieron obligados a cerrar en la década de los 90, ahora bajo una gestión moderna, ágil y eficaz, vuelven a tener presencia en las costas asturianas, y son un ejemplo de cómo actuar en otras actividades.
No puede olvidarse el turismo, pero teniendo en cuenta que es una industria muy volátil, a la que Asturias se incorpora tarde y que el empleo que genera es de inferior calidad al de otros sectores.
Hay en definitiva motivos para ser optimistas, pero sin olvidar que la situación es muy crítica, ya que un descenso de la población por debajo de los 850.000 habitantes situaría a la región en condiciones de ser irrecuperable, y eso puede producirse en menos años de los que se piensa de seguir a este ritmo de desequilibrio demográfico.
La aparición de una pléyade de personas "ilustres, ilustradas y liberales" como la acontecida en el siglo XIX puede ser la solución a la amenaza que planea sobre nuestra tierra.
Pero esa aparición no se producirá como algo venido de la nada.
Deberán abandonarse los viejos prejuicios sobre la creación de riqueza en manos de los emprendedores empresariales. El problema no son los ricos sino los pobres, y solo se soluciona creando empresas rentables que supongan incremento del empleo y todo lo que esto lleva aparejado.
Los empresarios deberán ajustarse a los nuevos tiempos, promoviendo nuevas iniciativas empresariales que sean altavoz de nuestras capacidades en todo el mundo.
La Administración deberá ofrecer facilidades a nuestras empresas para su desarrollo y su expansión sin que las ahogue una burocracia improductiva y frustrante con unos prejuicios más propios del siglo XIX que del XXI.
Es el mundo del futuro, muy deslocalizado, y con una enorme capacidad de invención, sin que sea necesaria una gran aportación de capital.
Si la región se adapta a estas condiciones despuntará de nuevo. En las manos de los dirigentes políticos, empresariales y sindicales está. De ellos será la responsabilidad del éxito o del fracaso.
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