Halloween celtibérico
Ahora que nos están tratando de poner de moda o más bien introduciendo de la manera que sea esta fiesta comercial del susto y el miedo ridículo a brujas, murciélagos y telarañas, no sería malo recordar que todavía en tiempos de la televisión en blanco y negro, donde la economía era escasa, la fiesta no daba más que para comprar castañas y celebrarlo con huesos de santo y buñuelos. A veces acompañados cada noviembre, con la ayuda de la caja tonta, del amor espectral de doña Inés por don Juan Tenorio.
Para nosotros, los muertos y los cementerios eran algo normal que ocurría en nuestra vida, y nunca le dimos ese sentido macabro y maléfico que nos viene de fuera. Recuerdo las visitas organizadas por el colegio la tarde de primero de noviembre paseando por sus calles animadas y con las tumbas y mausoleos adornados de flores. Alrededor de los cementerios también transcurría la vida, como en cualquier otro lugar donde las personas con sus sentimientos y pasiones se encuentran, muchas veces de manera tragicómica. Y si no, cómo el lector consideraría el caso de un enterrador de mi pueblo, que era natural de Iglesias, llamado Jesús Santos Santos, que con esas credenciales debía de ser de naturaleza piadosa, tenía por mote “el Matacristos”. Hombre que no revelaba ningún signo de artrosis por la agilidad que mostraba inclinando el codo y al que una aciaga noche de noviembre su mujer le cerró la puerta de casa porque venía de hacer horas extraordinarias en la taberna. Como era hombre de recursos y no estaba el tiempo para dormir al raso, se fue a su lugar de trabajo y se dispuso a preparar una frugal cena asando unos arenques. Ocurrió que aquellos resplandores alarmaron la cándida atención de algún vecino de mal dormir que, considerando lo extraordinario del suceso, se precipitó a ponerlo en conocimiento del señor cura. Fueron convocadas algunas fuerzas vivas. Se habló de fuegos fatuos, de apariciones de almas en pena protagonistas de trágicos sucesos del pasado, y se decidió ir en comisión ir a interesarse por el fenómeno. Al final se aclaró el caso y todo terminó con una bronca al protagonista y una noche corta de sueños entrecortados para los demás.
Y qué decir del caso también protagonizado por otro profesional del ramo de las postrimerías, este más contemporáneo, perfecto conocedor de la Agenda 2030 y de aplicar hasta las últimas consecuencias el reciclado y la sostenibilidad. Al parecer, un día este hábil artesano de la pala acometió la tarea de desenterrar los restos que quedaban para acomodar el espacio a un nuevo uso. Al encontrarse con la calavera del antiguo propietario de la tumba, vio que todavía contenía su dentadura postiza, dejada a propósito o por descuido, vaya usted a saber. Bueno, pues después de examinarla y encontrarla en buen estado decidió quedarse con ella al comprobar que le venía y se le acomodaba muy bien. Nadie puede negar que no sea una historia ejemplar donde las haya, aunque resulte extraña. También la ecología produce actos heroicos, por no decir ejemplares. Solo que aquello trajo un problema secundario, cuya resolución no me consta, pues desde aquel día su mujer se negó en redondo a que le besase una boca con aquellos dientes de quién sabe quién.
En fin, la vida y la muerte son caras de la misma moneda.
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