La joya de la corona en la UVI
En 1986 fui nombrado director provincial del Insalud de Ávila por el entonces ministro de Sanidad y Consumo, Ernest Lluch. Mi nombramiento fue todo un reto, no solo para mí, sino también para el Ministerio que, por primera vez en su historia, nombraba director provincial de una provincia de España a un psicólogo y además “sudaca”. Dejé mi consulta privada como psicólogo, para dedicarme exclusivamente a la gestión que se me había encomendado. Fueron cinco años intensos y estresantes porque había que desarrollar la Ley General de Sanidad que las Cortes españolas acababan de aprobar.
La Ley 14/1986 suponía un cambio de modelo de asistencia sanitaria, de impacto histórico, al pasar de un sistema de Seguridad Social, financiado en su integridad con las cuotas de trabajadores y empresarios, a un Sistema Nacional de Salud en el que se integraban todas las redes asistenciales y la financiación pasaba a ser cubierta con los Presupuestos Generales del Estado, es decir, con los impuestos de todos. La universalización de la sanidad pública había llegado a España. Una de las tareas más apasionantes que se desarrollaron en aquellos años fue la transformación de la Medicina General por Atención Primaria de Salud. Para ello, se aprovechó lo bueno que tenían los modelos del NHS (National Health Service) británico y el modelo cubano de Atención Primaria. La implementación del modelo en el mundo rural fue, para mí, lo más enriquecedor y gratificante.
Hoy, el modelo cubano languidece por falta de recursos y víctima del aislamiento científico que sufren sus profesionales y de la falta de libertad. El modelo británico, tras el tsunami que supuso la llegada al poder de Margaret Thatcher en los 90, años en los que el desmantelamiento de la sanidad pública en pro de la privada dejó al prestigioso y envidiado NHS en los huesos. Hoy se mantiene con “respiración asistida”.
En la pobre España que en los ochenta todavía arrastraba la herencia del franquismo en políticas públicas, el ministro Ernest Lluch (asesinado vilmente por ETA 15 años más tarde) decidió dar un paso al frente y apostar por la Atención Primaria de Salud. Bajo el paraguas de la Ley 14/86, “ley General de Sanidad”. Fue una tarea compleja y delicada (no tanto en lo político, porque el PSOE era hegemónico y el PP pintaba poco), la oposición provenía de los propios médicos a través del Colegio Oficial de Médicos (organización muy poderosa por entonces), de talante profundamente conservador, y de los usuarios del medio rural, que, víctimas de los bulos, creían que se iban a quedar sin “su médico”.
En las ciudades, se trataba de desmantelar los obsoletos ambulatorios, heredados del franquismo por centros de salud, dotados de equipos de Atención Primaria que ofrecerían una atención integral a los ciudadanos de las Zonas Básicas de Salud: médicos de familia (no médicos generales), enfermeras/os (no ATS) pediatras, trabajadoras/es sociales (no asistentes sociales), fisioterapeutas, psicólogos/as, auxiliares de enfermería, personal administrativo, laboratorios...
Los centros de salud fueron concebidos como la única y principal entrada al Sistema de Salud, lo que, entre otras cosas, dotaba a los médicos de la autoridad científica y administrativa para derivar a los pacientes al sistema hospitalario, si así lo consideraban. Todo esto se ha cargado de un plumazo la trumpista Díaz Ayuso, al señalar que “los pacientes siempre tienen la opción de ser atendidos en los hospitales públicos si en el centro de salud no hay médico” (no sé si es ignorancia o una deriva de su idea de la “libertad frente a comunismo”).
“La joya de la corona” está en la UVI desde hace algunos años. Mariano Rajoy, en el más puro estilo “thatcherista” metió la tijera en los servicios públicos (con especial crueldad en sanidad, educación y dependencia), mientras salvaba a los bancos de la quiebra con 68.000 millones de euros de todos los españoles. Todo hay que decirlo, Zapatero se lo dejó a huevo aquel nefasto mayo del 2010. De aquellos polvos estos lodos.
Es necesario también recordar que el experimento de la privatización tuvo dos territorios especialmente castigados: las CC AA de Madrid y Valencia gobernadas demasiado tiempo por el PP, donde la corrupción y las privatizaciones iban de la mano. Ayuso no ha hecho nada más que profundizar en lo iniciado por la neoliberal Esperanza Aguirre, a lo que le añadió el toque trumpista, que de momento le funciona.
El personal sanitario ha tardado demasiado tiempo en salir a la calle. El personal sanitario de hoy no es el mismo de 1986. Los médicos de hoy no tienen el poder que tenían en 1986, entre otras cosas porque son precarios, en términos salariales y contractuales. Lo que hace más incomprensible todavía su tardío ¡Basta Ya!... en cualquier caso, la impresionante manifestación del día 13 de noviembre en Madrid puede marcar un antes y un después en la historia de la asistencia sanitaria de Madrid y de este país, que no será fácil revertir. Gran Bretaña todavía no ha conseguido recuperarse del destrozo que dejó la “Dama de hierro”.
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