Cuando no sea no
El vergonzoso episodio que estamos viviendo estos días con otra hazaña legislativa -ahora la del "sí" inmarcesible y fedatado- es un hito más en el patético discurrir de un país patas arriba (en todo el amplio sentido del dicho), que angustia y avergüenza a cualquier biennacido, no contaminado por un ambiente cada día más tóxico, si trata de encontrar en él una España con la que sentirse justa y racionalmente identificado.
No sé si el profesor Punset, en su última lección magistral desde estas páginas -"Justicia y política"-, intuía el carácter inminentemente premonitorio de su artículo y quiso dejar la puerta abierta a una secuela post-hoc donde analizar con datos calientes las "líneas rojas" entre doctrina, competencias y atribuciones. Por de pronto, en lo allí escrito ya queda claro que el juez -que encarna o debiera encarnar la sustanciación de la Ciencia del Derecho desde la óptica estrictamente jurídica, y no con otras exóticas, acomodaticias o sectarias perspectivas- tiene más exiguo el margen de discrecionalidad, por ejemplo, para atender las posibles objeciones de su conciencia en un dictamen o sentencia que el que podría tener en su diagnóstico o tratamiento un médico -cuyo juramento existencial obedece al mandato prioritario de tratar de salvar y defender vidas-, o en sus actuaciones profesionales un abogado, o en el ejercicio de su actividad un político. Como ingenieros los tres últimos -y como comerciantes algunos- de sus respectivos saberes -ciencias y artes-, se desenvuelven en ámbitos de mayor relativismo, competitividad y riesgo, con un interés vinculado al beneficio más próximo, más parcial o más inmediato.
En tiempos de vacunas que no son lo que creíamos que eran las vacunas (que también parecen mutar como concepto), si algo está teniendo de aprovechable un escándalo que enseguida dejará de ser el último, es -¡oh sorpresa, ho!- haber puesto de manifiesto que nuestra maquinaria legal puede tener ocasionalmente, cuando se cruzan determinados cables, una encomiable y fulgurante agilidad procedimental. Esta pifia también ayuda a distinguir lo que -para los estúpidos (y más para los inductores de la estupidez de rebaño)- sería una "cortina de humo" más (concepto cuyo uso utilitarista y torticero sí suele ser un auténtico señuelo), cuando realmente se trata de otro foco de incendio más -si bien con sus cantosas componentes de chapuza paleta, demonios familiares y folclore tribal-, perfectamente encarrilable en un empeño global de tierras quemadas.
Se oye frecuentemente lo de "poner pie en pared" como disfraz con ribetes heroicos de la impotencia, particularmente de la merecidamente denominda "derechita cobarde". Pues simplemente eso; aunque temo que "no es no" vaya a ser finalmente que sí. (No tienen ustedes más que ver la lista de votantes favorables a la ley, lista espectral en su doble sentido -político y fantasmagórico-, ya que el dossier de tan ejemplar episodio [que algunos precavidos conservan a buen recaudo] acaba de ser borrado el jueves 17 de la web del Congreso de los Diputados).
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