¿Disfraces?
José María Brunet va de tertulia en tertulia con el loable empeño de mantener el equilibrio en la balanza de las opiniones. "Por su conocimiento e información veraz, ajena a cualquier posición radical", la Asociación de la Magistratura Francisco de Victoria le otorgó el Premio a la Independencia Judicial. Con la "Memoria democrática" de fondo, coloca Brunet en un platillo la ejecución sumarísima de Companys, que dejó "muy dolorida a la opinión catalana". Fiel a su método, no omite los excesos de la Cataluña en guerra gobernada por la Generalitat y coloca en el otro platillo "el caso de un sacerdote sacado de su casa y fusilado de inmediato en la plaza del pueblo".
Con "un cura asesinado", qué lejos se queda Brunet de toda la verdad. Acerquémonos a los datos reales a riesgo de darles un meneo a los platillos de la balanza.
En Cataluña fueron ejecutados mil trescientos treinta y nueve (1.339) sacerdotes diocesanos. "Un tercio del total del conjunto de España". En la diócesis de Barbastro el exterminio alcanzó al 95%. Barbastro está en Aragón pero allí había llegado desde Barcelona la columna Durruti el 25 de julio. Tantos muertos no debieron de parecerle muchos a Hilari Raguer, historiador y monje de Montserrat, que sostuvo hasta el final que la Iglesia tenía que pedir perdón ("La pólvora y el incienso").
Las cifras y los porcentaje son un anestésico: "Una muerte, una tragedia; un millón, estadística" (Stalin). Testimonios concretos para despertar si no estás muerto: Al obispo auxiliar de Tarragona "lo asesinaron y dejaron su cuerpo abandonado en la cuneta. Unos campesinos de la zona vieron a la víctima desnuda, medio quemada y con los pies ligados con una cuerda. Nunca se localizaron sus restos". "A los doce carmelitas de la comunidad de Tárrega los llevaron hasta el paraje del Clot dels Aubins, donde los asesinaron y arrojaron sus cuerpos a un estercolero al que prendieron fuego". "Una de las torturas más habituales era la castración y la introducción de los genitales seccionados en la boca de las víctimas". "Las mutilaciones sexuales, la mutilación de los brazos y la extracción de los ojos son tres de los suplicios más habituales".
"Enterrado vivo el 7 de agosto". "Mutilado y lanzado dentro de un pozo". "Tiroteado y, aún con vida, rociado con gasolina y quemado". "Malherido de bala, dejaron que agonizara durante 11 horas". "Las manos cortadas y un tiro en la tonsura". "Le arrancaron los ojos antes de matarlo". Una miliciana le disparó a las piernas y luego en el vientre, que abrió con un puñal, dejándolo moribundo a lo largo de toda la noche". "Fusilaron a un sacerdote que había muerto de un infarto". "El cura de Bagergue estaba tan enfermo que no pudieron levantarlo de la cama, optaron por envenenarlo". "Al párroco de Bellestar le cortaron los genitales con tijeras de podar, le ataron una piedra al cuello y lo tiraron al Ebro. Consiguió salir a nado. Lo apresaron de nuevo y lo volvieron a tirar". (J. Albertí, "La Iglesia en llamas", cap. V, Diez meses de persecución religiosa).
Qué hicieron estos hombres para ser tratados con tan extremo rigor por la llamada "legalidad republicana". Del juicio de un Tribunal Popular a siete religiosos: -"¿Acaso les habéis encontrado armas o documentos comprometedores? / -No / -Entonces ¿por qué los queréis matar? / -Porque son curas, y eso es suficiente". Los siete fueron ejecutados.
Se define como genocidio el designio de exterminar a un grupo étnico o ideológico por motivos étnicos o ideológicos. Durante la guerra, los designios de exterminio fueron múltiples. Ninguno llegó tan lejos como el de acabar con los religiosos en la zona republicana: el clero tuvo un porcentaje de bajas que duplica el de las fuerzas combatientes en cada bando. El silencio sobre este genocidio perpetrado en el seno del Frente Popular es un agujero negro incompatible con cualquier memoria democrática. Caín se disfraza de Abel si con una ley de memoria selectiva busca imponer el olvido de los crímenes de un bando.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

