Pink Moon

23 de Noviembre del 2022 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

El FICX (Festival Internacional de Cine Independiente de Xixón) en su 60.º aniversario ha llegado a su fin. Para los amantes del cine, es una oportunidad poder disfrutar de películas que, con toda probabilidad, no va ser posible verlas en los circuitos comerciales. No obstante, mi opinión particular tiene más que ver con el número excesivo de pelis que se proyectan durante los diez días que dura el festival (más de 200). No creo que el más acérrimo cinéfilo consiga llegar al 10% de las mismas. No por mucho abarcar se puede dignificar un festival.

Yo he podido ver 10 y me he tenido que salir de 3 a los 15 minutos, porque eran insufribles, otras cuatro fueron mediocres y solo tres cubrieron mis expectativas: “1976”, “Il Boemo” y, sin lugar a dudas, la mejor, “Pink Moon”, de la directora holandesa Floor van der Meulen.

Tampoco te puedes fiar de los resúmenes que, a modo de facilitador para escoger una u otra película, se nos entrega en la guía del Festival. Al leer la síntesis de “Pink Moon”, por ejemplo, te aprestas a ver una película que nada tiene que ver con la proyección de la misma (en este caso, para bien, porque el resultado es infinitamente superior a lo anunciado en la síntesis): “Convertir lo dramático en humorístico es una cuestión de punto de vista. Así lo demuestra esta película plagada de secuencias y diálogos hilarantes... en el que un hombre de 75 que opta por la eutanasia, mientras sus hijos se pelean por heredar sus pertenencias”. Por suerte, yo vi otra película, basada en un guion poderoso, alejado de los guiones que estamos acostumbrados a ver cuando nos enfrentamos al tema de la eutanasia.

Esta vez nos encontramos frente a un hombre maduro (75 años) completamente sano, con una familia normal (dos hijos y dos nietos) que lo quieren mucho y con quienes se reúne con frecuencia a comer. Vive solo en una casa confortable de clase media-alta. Hace ejercicio en una elíptica, pasea... “porque me ayuda para la circulación”. A los cinco minutos del inicio del film, en una comida familiar, suelta la bomba: “Quiero que mi próximo cumpleaños sea el último... he decido poner fin a mi vida”. Tras un silencio sobrecogedor... ¿estás enfermo?, ¿tienes cáncer y no nos has dicho? “No. Estoy bien... solo que me he cansado de vivir”.

Este es el núcleo del guion a partir del cual se desatan las reacciones y emociones del hijo y de la hija, quienes, en principio, no entienden nada, acostumbrados como todo holandés a convivir con la eutanasia de una manera normalizada, desde que esta se aprobara con el 87% de aceptación hace 21 años. Pero, aquí surge lo nuevo, lo inesperado, lo distinto, que pone patas arriba a la familia y sus creencias y respetos sobre la eutanasia. Su padre no está enfermo. Tiene todo lo que quiere. Pero le falta su mujer, muerta hace unos años, con quien compartió todo un proyecto de vida y sin ella, la vida ya no tiene sentido para él. Frente a él está su hija, quien lo adora con locura. Se resiste a aceptar la decisión de su padre y hará todo lo posible por hacerle cambiar de opinión. En este contexto se producen los mejores diálogos de la película y el guion de Baastian Kroeger alcanza las cuotas más altas. Ni siquiera la constatación del inmenso amor que le profesa su hija conseguirá que el padre cambie de opinión. La decisión la tiene tomada.

En términos técnicos, jurídicos y hasta conceptuales, en realidad no estamos ante un problema de eutanasia. Estamos un paso más adelante en el debate social sobre el reconocimiento del derecho a poner fin a la vida por quien considera que para sí su paso por este mundo ha tocado su fin. El derecho al suicidio.

El derecho a la eutanasia y al suicidio asistido están regulados en Holanda desde el 2001, pero vinculados a enfermedades terminales o incapacitantes. La película “Pink Moon” nos sumerge en otro debate, en la ampliación de derechos civiles, en unos momentos en los que los derechos conseguidos, están en peligro, con el avance de los regímenes autocráticos y de las extremas derechas en el mundo que son incapaces de asimilar, entre otras cosas, que “la muerte y la vida van de la mano, con una línea muy difusa entre ellas” (Van der Meulen).

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