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¡Qué escándalo, aquí se juega!

29 de Noviembre del 2022 - Julio L. Bueno de las Heras (Oviedo)

La hipertensión político-judicial que se viene cocinando en estos días ha propiciado el caldo de cultivo de un reciente numerito montado en el Parlamento español que, como prueban los archivos y contra lo pontificado por moralistas tan duchos como independientes y objetivos, no ha sido el más agrio, ni el más violento, ni el más vergonzoso ni, con mucho, el más “asqueroso”, etc., etc., de nuestra reciente historia, aunque quizá sí merezca algún “Goya” por teatralización, acompañamiento coral y explotación comercial. Me refiero a ese episodio cuya chispa (aquí vale múltiple sentido) ha sido la no precisamente benévola intervención de una diputada contra una polémica ley y contra otra diputada en su papel de promotora de dicha ley. El show y sus secuelas no solo están sirviendo indirectamente de lo que -dada la avalancha de acontecidos convergentes, y con cierta pereza mental- se está dando en llamar “cortinas de humo” (en este caso, en su modalidad salvavidas), sino que, además de lo previsible y programado, puede tener otras utilidades, alguna de ellas pedagógica. Veamos:

En primer lugar -sola o en compañía de las encendidas intervenciones que la han precedido, escoltado y seguido a rebufo-, la reciente anécdota ha venido a recordarnos modos y maneras al uso en otros parlamentos más bregados y desinhibidos que el nuestro. O también -y con el permiso de los vigilantes de la playa y la venia de los cancerberos del Índice de Recuerdos Vedados de la Memoria Reglada- a hacernos evocar otros oscuros tiempos de nuestras Cortes -ustedes dirán, pacientes lectores, si superados o no-, en los que otras gracietas, a su vez pícaramente rebotadas, sobre prendas íntimas de alguna señoría se podían alternar, sin metáfora mediante, con amenazas de muerte en boca de otras señorías, antepasados hoy conscientemente reivindicados por herederos dolosos o ingenuamente mitificados por ignorantes culposos. Yo creo que algo hemos ganado en civilización, y la piel delicada, la hemiplejia, el maniqueísmo y el cinismo son una prueba -agridulce o tragicómica- pero, a fin de cuentas, una prueba de ello.

En segundo lugar (y ahí quería acabar mi prescindible intromisión en este espectáculo para mayores), la restringida y rijosa interpretación -más allá de su polisémica literalidad- de la frase “estudiar en profundidad”, ciñéndonos solo a su acepción más primitiva, íntima o voluptuosa -en innegable consonancia con algunos consabidos antecedentes- dice muy poco sobre la libertad de criterio y amplitud de miras del espectador, sea diputado, juntaletras o simple ciudadano con derecho a voto. Máxime cuando en la persona allí directamente aludida como materia de estudio coinciden las cualidades objetivas, atribuidas o asumidas, de haber sido, o de ser, personaje público, ideólogo, líder y mentor, además de familiar. Pongo un ejemplo lejano en el tiempo y el espacio, para no incrementar la lista doméstica de compungidos damnificados: si alguien dijera que Hannah Arendt “estudió en profundidad” a Martin Heidegger, ¿sólo se nos ocurriría pensar en “eso”?

Pues eso.

(Referencia debida: El ejemplo es mío, que para algo uno ha leído “El mundo entre guiones” y puede dejarlo caer, pero la reflexión original no lo es, que ya me hubiera gustado. Es de un atípico, interesante y polifacético profesor de Ética y Filosofía que frecuentemente imparte gratis et amore clases de lógica descarnada, llevándose el gato al agua en uno de los pocos medios de comunicación, independiente como él, que por ahora van quedando en nuestro mediatizado, cuando no estabulado derredor).

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