La oficina del estómago
Ya Cervantes le hacía decir a D. Quijote los siguientes consejos a Sancho: "Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago", a lo que se podría añadir que, sin dejarnos de guiar en extremo del todo por el consejo, se nos olvide comer, como por desgracia le ocurre todavía a una gran proporción de habitantes del mundo. Como no soy especialista en dietética, no sé hasta qué grado el consejo de nuestro Caballero de la Ilustre Figura es acertado o no. Lo que me llama la atención de la frase son las palabras "oficina del estómago" y es que en los tiempos que corren es tanto lo que se escribe relacionado con el asunto del condumio que, efectivamente, además de los alimentos tenemos que tratar de su papeleo asociado, atiborrado de notas, advertencia, avisos, consejos, precauciones, prohibiciones y exigencias de todo tipo. De tal manera que realmente necesitamos esta hipotética oficina para poderlos digerir. Y no exagero, pues ahora mismo me vienen a la cabeza cosas tales como la recomendación de comer no sé cuántas piezas de fruta al día, o fibra, mucha fibra, como si fuésemos rumiantes. De proteínas, vitaminas, probióticos, aceites exóticos y lácteos. Sin olvidar la importancia de una buena cantidad de legumbres y vegetales varios, además de múltiples litros de agua al día. De modo que, si nos tomamos la molestia de hacer una simple suma aritmética, aunque sea con papel y lápiz, sin necesidad de echar mano de la calculadora del móvil, algo que probablemente nuestro cerebro nos agradecerá, nos encontraremos que la cantidad ingerida recomendada se aproxima más a la de un hipopótamo a régimen que a la de un ser humano.
Si hay un negociado de la supuesta oficina con derecho propio es el relacionado con el mundo de las etiquetas. Vemos que cada vez aparecen más textos en la mayoría de los casos con información minuciosa sobre lo que menos importancia tiene, ocultándose, sin embargo, su origen, su elaboración, o un certificado de buenas prácticas de cultivo, crianza... Recuerdo el asunto de los priones de las vacas locas y su transformación en harina para alimentación -entre otras especies animales- de las granjas marinas. Estuvimos a un tris de encontrarnos en el plato unas doradas o lubinas con pequeños cuernecitos o con cola y rabo peludo. Etiquetas que son auténticos manuales en los que figuran además de la información nutricional y modo de preparar la más exquisita receta con su contenido, consejos filosófico-morales y de protección del medio ambiente, adornado con todo tipo de iconos, de manera que quien haya adquirido la práctica de interpretarlas entre tanta palabra comodín tiene asegurado el graduado escolar como mínimo. Pero lo que de verdad sorprende es cuando se enumera la cantidad de variopintos ingredientes necesarios para elaborarlos. Por ejemplo, un sobre de una simple sopa de pollo contiene un número superior de los que disponen los concursantes gastronómicos de la tele. Lo más asombroso es la cantidad mínima de ave que figura en su contenido, pues con uno solo pollo de kilo se podrían elaborar un plato de sopa para veinte mil personas, algo aún más portentoso que la multiplicación de los panes y los peces. Creo que sería más adecuado a la realidad modificar el texto para que dijera: "Puede contener trazas de pollo entre otras como crustáceos o moluscos", lo que induce a la sospecha de si los elaboradores o creadores de la fórmula no aprendieron el oficio de manos de algún sustanciero de los que dicen alquilaban los huesos de jamón para dar sustancia al caldo por una perra gorda.
El origen de los alimentos ocuparía él solito otro negociado, dedicado sobre todo al cambio de procedencia de lo que nos llevamos a la boca. De venir de nuestras tierras, huertas y costas, ahora nos encontramos con productos originarios de otros países, lo cual en sí no tiene por qué ser malo, pero resulta como mínimo extraño que ajos, pimientos, legumbres, etcétera, tengan que venir de allende los mares cuando han sido cultivos tradicionales aquí. Me parece normal en productos exóticos, tropicales, etcétera. Sorprende mucho que una vendedora callejera tenga que vender ajos producidos en Shandong, rememorando los peligrosos y largos viajes de aquellas naos que, procedentes del lejano Oriente, traían las apreciadas y carísimas especias. Y no me extraña que quien esté saboreando unos espárragos cojonudos, imaginándose las exquisiteces de la Ribera Navarra, se sorprenda y hasta se atragante si tiene la debilidad de mirar la lata y ver que proceden de tierras por donde el cóndor vuela.
Y qué decir del pescado, de aquellas sardinas recién pescadas que desde Santurce a Bilbao venían pregonando las sardineras por toda la orilla, con la falda remangada luciendo la pantorrilla, parece ya de tiempos antediluvianos. Ahora los productos del mar pueden venir de cualquier lugar del mundo, según se indica en las etiquetas de las pescaderías, redactadas para expertos en geografía o que nos obligan a repasar la geografía de nuestros primeros años escolares. La verdad es que me produce un cierto bochorno sentirme ignorante cuando en la cola de la pescadería oigo comentar si los langostinos bigotudos proceden del Atlántico sudoccidental o del Pacífico oriental o cuestionar si están frescos los cefalópodos traídos del océano Índico occidental.
Seguramente podemos imaginar otros negociados más, pero de momento con los enunciados creo que son suficientes como para poder justificar lo que Don Quijote recomendaba, sin olvidar que continuaba así: "Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra". Pero esto merece un capítulo aparte.
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