Del amor
Hoy en día el amor está en todas partes como reza el subtítulo de la taquillera “Love Actually”. Y no porque seamos más capaces de afecto, sino porque cada día somos más idiotas. Encontrar el amor ya no requiere del largo y espinoso camino que seguramente han tenido que recorrer nuestros padres. Ahora con Tinder y compañía dar con nuestra media naranja es pan comido: solo se necesita deslizar a la derecha y ser lo suficientemente agraciado para que una desgraciada muerda el anzuelo. Desde luego, esto no es una loa al amor “romántico y valiente”, sino una desesperada llamada a acallar esa forma tan estúpida y bobalicona de perder el tiempo que se reproduce sin cesar: el enamoramiento.
La mejor definición del amor que he leído es de Ortega y Gasset: el amor es “una imbecilidad transitoria”. Las demás no se alejan de la cursilería platónica que atormenta las redes sociales (que ya son un tormento de por sí). ¿Por qué “imbecilidad transitoria”? Analicemos el rótulo palabra a palabra. La imbecilidad es producto de un exceso de atención: el amor nos hace dejar la mayoría de las cosas en segundo plano para dar prioridad a la persona amada, lo que no se diferencia en absoluto del oligofrénico que se pasa el día entero jugando con un lápiz. Pero la imbecilidad está íntimamente unida a la transitoriedad. El amor se acaba, como se acaba la botella de cocacola de la nevera, como se acaba el dinero y como se acaban todas las cosas de la vida. Esto es, el amor también respeta el segundo principio de la termodinámica.
El amor está más allá de la coherencia y de la lógica. No entiende de principios ni de razones, por ello es más fácil que engañe al más idiota. Es una pérdida de tiempo indomable que no nos deja pensar con claridad. Podríamos decir, parafraseando a Marx, que, hoy en día, el amor es el opio del pueblo, es la falsa conciencia que evita que nos comprometamos con la política y el devenir de la sociedad. Pero, al margen de la interpretación marxista, es evidente que el amor es tan aparatoso que hace imposible que nos preocupemos por cosas verdaderamente más relevantes.
Procurad no enamoraros y si os enamoráis hacerlo lo menos posible.
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