La catástrofe de la tostada
Diariamente vivimos rodeados de fenómenos extraños, algunos achacables a las inexorables leyes de la naturaleza, leyes que somos capaces de medir y de entender cómo funcionan, pero no por qué son como son y por qué existen. Hay otros que creamos nosotros mismos motivados por fuerzas que aún son más desconocidas que las primeras. Basta un ejemplo para hacernos una idea de qué fenomenologías hablamos.
Uno muy simple, en el que aparentemente solo interviene la fuerza de gravedad. La fuerza conocida por todos, que hace caer un objeto por sí mismo o en todo caso por su propio peso. ¿Qué no se habrá estudiado de ella, que gobierna la atracción de la materia, desde los movimientos caóticos de las partículas de polvo que observamos cuando estas cruzan un haz de luz hasta la trayectoria de los cohetes que van a la Luna o a Marte?
Sin embargo, es sorprendente cómo, desde que Newton, aquel sabio inglés de peluca rizada, el que primero observó, cuando descansaba bajo un manzano, cómo y por qué se caían sus frutos y exclamó “tate” o como se diga en inglés, en un arranque de espontaneidad tan característica de las gentes de su tierra, aún sigan existiendo lagunas inexplicables en las que esta fuerza es protagonista. Por ejemplo, que no haya aparecido hasta ahora una teoría científica que explique de manera irrefutable por qué una tostada untada con mantequilla o mermelada cuando se cae y llega al suelo lo haga por el lado untado. Si bien últimamente un lector aficionado a las ramas casi heréticas de la ciencia me ha hecho llegar un artículo en el que se detallan las experiencias llevadas a cabo por un tal Roberts Mathews, paciente investigador que llegó a volcar alrededor de diez mil tostadas con mantequilla para demostrar “que casi siempre caían del lado equivocado”; lo que evidencia a la vez su tesón como sus pocos conocimientos de estadística. Menos mal que al ser granjero pudo recuperar casi todo el material usado en los experimentos. Roberts, finalizada su ardua tarea experimental en la que usó distintos panes elaborados con todo tipo de cereales, con fermentaciones ultraligeras y tiempos largos, con masa madre, o miga padre, con mantequillas holandesas procedentes de leche de vacunos varias veces premiados, de yaks de las montañas del Tíbet o de búfalas del Indostán, propuso una audaz teoría tras varias noches de pesadilla y sueños recurrentes: “La tostada cae del lado untado única y solamente debido a la altura de la mesa”, porque, prosigue en su audaz proposición, “el espacio recorrido por la tostada es tan corto que no da tiempo a la misma a realizar un giro completo”, cosa que sí ocurriría si el tiempo fuese mayor. Y concluye que, según sus cálculos, si usáramos mesas de tres metros de altura, ninguna tostada mancharía el suelo.
Es justo reconocer a Mr. Mathews su honesto trabajo que, por lo menos, ha permitido dar un primer paso siguiendo el método científico en busca de una teoría coherente del hecho, así como desligar definitivamente el fenómeno de la ley de Murphy o ley de la fatalidad, que lo consideraba como un hecho inexorable del mundo tal como es. Pero no podemos decir nada más, porque sometida su teoría a las implacables leyes del método científico, resulta que es totalmente rebatible pues, como solución parece disparatada, muy poco práctica y hasta peligrosa, por no decir utópica, ya que crearía otros problemas añadidos, como la de encaramar a tres metros de altura a personas que padecen vértigo, además de tener que idear soluciones como disponer de escaleras de tijera para subir una simple sopera, a menos que introduzcamos la moda de comer encima de los armarios, lo que originaría una serie de problemas en cadena que sin exagerar podría conducir a la extinción de la civilización tal como la conocemos. Se requerirían pisos con techos más altos, edificaciones gigantescas, que demandarían ingentes cantidades de materiales de construcción, una auténtica aberración, además de estar totalmente en contra del consumo sostenible tan en boga en la Agenda 2030.
Y mientras esperamos la concluyente explicación del fenómeno con la solución definitiva que evite la llamada “catástrofe de la tostada” solo nos queda recurrir a una solución provisional, más bien técnica que científica, de un humilde profesor de Instituto de Albacete que en los años cincuenta del pasado siglo propuso: La de poner otra tostada por encima de la primera, de manera que en el caso de caer nunca tocaran el suelo las dos caras untadas. Propuesta que un avispado fabricante copió para elaborar los bocadillos de chocolate con galletas. Siempre lo simple ha dado los mejores resultados.
No deja de ser este caso una gota de lo mucho que todavía nos queda por descubrir entre los fenómenos que cotidianamente forman parte de nuestra vida, como el de encontrar siempre la taza introducida en el microondas en el fondo y con el asa pegada a la pared, independientemente de cuál haya sido la posición inicial en el momento de colocarla en el horno, lo que se conoce como “la posición invariante de taza”.
Una puntualización final para aquellos lectores intrigados por fenómenos extraños: recordarles que pueden consultar los trabajos de Roberts Mathews en la revista “Ciencias Heterodoxas del Siglo XXI”, Año 22, núm. 7. La misma publicación en la que aparecieron los primeros artículos sobre los objetos semovientes.
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