Democracia con apellidos
A diferencia de franceses y anglosajones, los españoles llamamos a la gente por el nombre y reservamos los apellidos para la burocracia. Puede verse en ese rasgo, además de una disposición al trato directo, una preferencia de estilo por lo sustantivo frente a lo adjetivo. Llama por eso la atención que a la democracia nos refiramos las más de las veces añadiéndole apellidos: democracia formal y burguesa, democracia popular, democracia orgánica, democracia liberal, democracia real, nueva democracia...
Retengamos dos apellidos de recentísima adjudicación: el pasado día 12, publicaba Luis Cebrián "La democracia totalitaria", un título rompedor en el que sustantivo y adjetivo exhiben la contradicción "in terminis". Cebrián, que no es precisamente de Vox, considera que el "menage a trois" que sustenta al Gobierno podría entrañar "un acto de complicidad con una organización delictiva".
En un sentido diametralmente opuesto se expresaba en esta sección, el 9 de noviembre, mi antiguo y estimado compañero de estudios Ceferino Suárez de los Ángeles (en el siglo, Fernández Suárez): "Expolíticos fracasados, excuras y frailes en duda y sentimientos de inconformidad, exprofesores de mal humor y mano ligera. A toneladas. Y si uno no está conforme consigo mismo, ¿con quién lo puede estar? ¿Con la democracia? Fíjense en las críticas a la democracia socialista (mejor a los socialistas)". Aquí el apellido ("socialista") es especificativo: la democracia fetén es la socialista; hasta el punto de que el adjetivo se come al sustantivo mejorándolo ("mejor a los socialistas").
Democracia y socialismo, sinónimos. Quién puede rechazar esa democracia quintaesenciada y prístina, cuya hipóstasis es Pedro Sánchez en persona: expolíticos fracasados, excuras y frailes en duda, exprofesores amargados. Los eternos descontentos, gente de la cáscara amarga, el hollejo de la mala uva, los raspajos de las agraces; un detritus social que ni para el compost. Aunque si la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero, del punto de vista dialéctico hubiese sido más correcto que Agamenón, en vez de remontarse a las serenas y luminosas alturas donde no hay lugar para "la funesta manía de pensar" y de dudar (que son la misma cosa), se hubiese avenido a desmontar los argumentos de esos miserables porqueros.
Nadie tiene el monopolio del Evangelio y cualquiera de esos réprobos que Ceferino empuja piadosamente a las tinieblas le podría interpelar parafraseando a S. Juan en el v. 23 del Cp. 18: -"Si nuestras críticas son injustas, dinos cuáles y por qué; y si son justas, por qué nos zahieres". Visto el fervor que suscita en relevantes exponentes de la tribu levítica (Ceferino Suárez está lejos de ser el único), no se puede descartar a priori que el nuevo conductor de pueblos (caudillo) termine procesionando bajo palio. Antecedentes haylos.
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