(La) nuestra historia
Cierta parroquia de Gozón, años 40 o 50. Las aldeas aún rebosan de vida y se vislumbran pequeños puntos de luz en la penumbra de la tarde. Uno de ellos es un pequeño teatro abarrotado por una multitud, que bulle de actividad. También dentro “ye lo único que se oi”, como me cuenta uno de los pocos testigos vivos casi un siglo después. El público ríe desaforadamente, con tanta intensidad que no se escucha lo que una pequeña figura vocifera desde el escenario.
El protagonista de la divertida velada, un monologuista de Santolaya, lleva un mostacho postizo y desmesuradamente largo, alpargatas y un fajín rojo. Una mano gesticula mientras la otra sujeta una vara y un cigarrillo. No cesan las risas. Encoge el rostro en una mueca grotesca. Una nueva oleada de euforia sacude las masas y un señor cae de bruces al suelo. Su cuerpo ha alcanzado sus límites y le ha dado mal de tanto reírse.
Retoma las palabras el monologuista. Lo conocen por el nombre de Ximielga (en asturiano “ximielgar” es “sacudir”). ¡Ahora, agucemos el oído! Entona un nuevo monólogo y comienza:
Yá vos lo dixe mil veces: / nun vuelvo dir más a Uvieo; / divertivos y triunfiái, / que yo yá escamé dafechu. / Enxamás de los xamases, / xúrovos qu’allá non vuelvo; / nun quiero que m’asocieda / lo que fai ahora año y mediu, / cuando vendí la mio “Norma” / al fíu de Pachu Riesgo. / Voi cuntávoslo si tais / una migayina atentos [...].
¿De quién es el texto, que al instante hace vibrar al público, gente de las aldeas cercanas, en sonoras carcajadas? Resulta difícil encontrar la fuente de otros de sus monólogos y no podemos descartar que alguno sea original, pero este en concreto, titulado “Un día en Uvieo”, data de 1920 y es del músico asturiano Baldomero Fernández Casielles, que vivió entre 1871 y 1934. De este y otros monólogos grabó Ximielga un disco allá por los 70. Cuando, varias décadas más tarde, le pongo la grabación a la testigo viviente de esos espectáculos, que no es otra que mi güela, por unos instantes desafiamos el tiempo y nos situamos de nuevo en la aldea, rodeados de la algarabía nocturna. “¡Madre! Paezme que toi sintiéndolu a él...”.
Volvamos a este 2022 que se acaba. Hace unos meses, aproveché una jornada de puertas abiertas para visitar el archivo histórico del mismo Uvieo del monólogo, de las aldeas. Yo era el más joven del grupo con mucha diferencia. Una mujer de las Cuencas preguntó en esa ocasión si en el archivo había documentos en asturiano y la archivera lo negó. Tampoco el topónimo Uvieo o Uviéu. No es nada sorprendente ni contradictorio con el episodio que acabamos de comentar, si tenemos en cuenta qué estamentos de la sociedad hablaban castellano y cuáles asturiano, así como cuáles, a su vez, estaban alfabetizados en su lengua y dejaron su impronta en el archivo. Hay literatura de hace varios siglos en asturiano, pero ¿documentos notariales? Sobran las explicaciones.
¿Adónde quiero llegar con esto? Todos, de una manera u otra, tejemos la Historia con mayúsculas, pero muchas veces quienes más impacto tienen en la sociedad no figuran en los libros ni tienen el privilegio de quedar inmortalizados a buen recaudo en las profundidades de un viejo archivo. Lo vemos, mismamente, en nuestro día a día, en nuestra propia historia, la que formamos con los gestos cotidianos, los detalles y las sonrisas (¿cuántas risas sembraron Ximielga y otros como él en las aldeas asturianas?). No hay tiempo más propicio que este para extraer la siguiente moraleja de esta carta: nosotros mismos escribimos la historia. Sigamos construyéndola y, sobre todo, no olvidemos a quienes sentaron los cimientos, aunque su firma no haya quedado grabada... oficialmente.
Un año más, prestoses fiestes.
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