Felipe VI pone el dedo en la llaga
Que no es poco pero no suficiente porque las palabras se las lleva el viento y estamos en medio de un huracán desbocado de despropósitos, de insultos, de provocaciones y de descalificaciones que no parecen tener fin, y que son la razón principal, si no la única, de que la sociedad esté desengañada, desconfiada y desconectada de la política, y en consecuencia de los políticos, que parecen empeñados, con sus continuos enfrentamientos, en desprestigiar las instituciones.
El discurso del Rey no ha sido en absoluto conciliador sino más bien lo contrario, porque ha dicho con una inusitada claridad lo que pensamos la mayoría de los españoles, un mensaje muy preciso y directo orientado a que se restablezca el diálogo entre el poder legislativo y el judicial, y a que se restablezca la unión, que es nuestro mejor patrimonio.
Un discurso el del monarca meridianamente claro, que ojalá sirva para que los políticos tomen nota y se pongan las pilas, porque estamos al borde del precipicio y si ellos mismos no lo remedian difícilmente se podrá encontrar otra salida que no sea la de convocar nuevas elecciones, lo que vendría a significar un nuevo fracaso que no beneficiaría a nadie.
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