Herodes y los dueños de la Tierra
Herodes, el rey sin entrañas, fue un alma cándida comparado con los nuevos reyes del orden mundial. Y es que los Santos Inocentes, cuya vida segó, son un ínfimo número de almas al lado de las muertes infantiles de estos días en niños nacidos y no nacidos. Las cifras de abortos claman al cielo y los destrozos en niños nacidos, sea por su asesinato o por el de sus almas, es tan grande que resulta incontable.
Estas pobres criaturas no nacidas se van directas al cielo, aunque las echamos muchísimo de menos por el gran bien que habrían hecho en esta Tierra. Pero la monstruosidad de los que, matada su alma por el escándalo, generador de dominio y riqueza, llegan a mayores supone un ejército de "asesinados" en sus almas, que se dedicarán, muchos de ellos, a las mayores perversiones planetarias. Recuerdo a aquel hombre entre rejas que, con gran sinceridad, decía: me mataron el alma de pequeño y no tuve más remedio que convertirme en lo que soy, un asesino.
A estos desgraciados del nuevo orden mundial les espera un juicio mucho más severo que al propio Herodes. "Disfrutando" de sus tremendas riquezas dinerarias, condenan su vida a la peor de las desgracias, el eterno alejamiento de la Bondad y Belleza infinitas.
Nos cabe rezar por su conversión y el fracaso de sus acciones. Sin embargo, el esfuerzo para conseguir éxito en este empeño es casi sobrehumano.
Por ello se lo encomendamos a un Niño, Jesús, nacido en Belén, cuyo nacimiento estos días celebramos. Que por nosotros dio su vida años después, siguiendo fielmente el mandato de su Padre, y que condenó claramente a los que escandalizarían a los niños, matando su alma.
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