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Donaciones por el alma

25 de Enero del 2023 - Antonio Parra (CUIDERU)

En mi última etapa de vida laboral fui archivero medievalista. Me embebí en la prosa vacilante de los primeros siglos de la Reconquista, cuando el castellano rompía aguas. Terminologías inseguras en las cuales la incipiente lengua castellana juega al corro con el latín, el euskera y el bable. Son comienzos de alborada, dicen que la hora más oscura es la de la amanecida, y Oviedo, conquistada Toledo por el Islam, se transforma en centro cultural y jurídico de las cristiandades que buscaban refugio en las montañas.

Consulté los tumbos de Celanova, en Galicia, Liébana, Cárdena, los becerros góticos de Brihuega, Avilés, Ledesma. Sobre todo, el cartulario de San Vicente, antiguo monasterio benito de Oviedo, donde se fijan jurídicamente las reglas de las donaciones por el alma del difunto: un quinto de los bienes relictos han de ser conferidos a la Iglesia.

Se ordena digan misas por el alma del difunto. Tales sufragios fueron el sostén del entramado económico de los monasterios, iglesias y capillas en la Asturias medieval.

Lutero haría una crítica devastadora a la teología del purgatorio afirmando que esto es simonía y que con dinero no se gana el Reino de los Cielos.

Al monasterio regido por el abad Aznar un tercio de sus posesiones: huerto, aceña, molino, fuentes, albercas “hic sunt in territorio Asturiense villas meas propias, in Mareyi, Karaveto, ad monasterium Sancti Pelagi et Vicenti”.

También lega a su esposa Gonterodo, debía de ser cura casado, sus vestidos, el dinero, el caballo y la mula. Su cuerpo a la tierra y su alma al Creador.

Todo un ejemplo de fe y de resignación cristiana. La constante se repite a lo largo de las hijuelas consultadas por mí siguiendo las instrucciones del gran medievalista José Maldonado, quien escribió después de la guerra un libro precioso al respecto.

Estos usos y costumbres de aquellos primitivos asturianos no tienen que ver con el derecho romano, sino con el visigótico.

Eran tiempos de la Reconquista y por eso muchos de los testamentarios legan sus armas, el peto, la loriga y el caballo a sus descendientes. Eran muzárabes prevenidos en frontera en lucha perpetua contra la morisma: “Ego Sarracenus presbiter ob honore Sancti Juliani et abbas Ositia trado vineas, molinaria, ortos, domos, armenta, ganato, mobilia et inmobilia sit tradita Sancti Julián per saecula” (24 de abril 978) (Becerro Gótico de Cárdena).

El vocabulario del latín trastocado que quiere ser castellano se muestra balbuciente. Unos escriben omne, otros ome y homne en el Fuero de Avilés. La grafía para la palabra mujer también difiere: unos mulier, otros muxer, o muller, auer, mogier y mujier. “Ego Galindo abbas trado me in primis corpus et anima in atrio Sancte Marie; deinde omnia propia hereditate...”.

Los nombres de aquellos primitivos godos eran Gundisalvo, Giza, Marina, Momadonna, Otilia, Bermudo, Veremundo, Alfons, Fortunato, Gontroda, Sancto o Sancho, etcétera.

Al manejar estos datos una reflexión nos sale al camino, y es la fe admirable que poseían aun sintiéndose pecadores que aceptan el fin de sus días con longanimidad y resignación.

Las mandas sirvieron para convertir a España y Europa en emporio del arte. Las catedrales góticas y románicas, los miles de iglesias a lo largo del viejo continente (ese secreto cenobítico se guarda como un antimensión en los monasterios) gracias al esfuerzo de los fieles.

Aquí nos encontramos con el oro que hace milagros y los dineros de San Pedro, pero la catolicidad no es obra del papa ni de los obispos, sino del esfuerzo y la esperanza en la resurrección de estos pecheros y mañeros, los de abajo que pasaron por la existencia “sicut nubes, velut naves, ut umbrae” (como las nubes, como las naves, como las sombras pasaron).

Sin embargo, ahí queda eso.

Gracias a esa fe que algunos destruir Cristo está en la historia. La fe mueve montañas.

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