Garrote vil, 60 años después
J. L. García Berlanga escribió y dirigió (junto a Rafael Azcona) una de las películas más determinantes del cine español en 1963, “El verdugo”. Ganadora de varios premios nacionales e internacionales (Festival de Venecia, Festival de Moscú, de la Academia de Humor Francesa...) y enmarcada en el más puro cine de humor negro español.
Siempre me he preguntado: ¿cómo diablos hizo Berlanga para burlar la censura franquista? El caso es que consiguió que se estrenara su obra, que es un profundo alegato contra la pena muerte en plena dictadura y una denuncia sobre las prácticas corruptas que por aquellos años impregnaban en la sumisa y adormecida sociedad española. Pena de muerte que tenía un sello inconfundiblemente franquista y cruel, el “garrote vil” (*) (53 personas fueron ejecutadas con este método).
Casi nos habíamos ya olvidado de la película cuando un director de teatro lúcido, inquieto, visionario, ganador de tres premios “Max” de las Artes Escénicas, Ángel Calvente, director de la compañía teatral “El Espejo Negro”, se lanza a la aventura de adaptar el texto de Berlanga/Azcona al teatro. Pero no a un teatro al uso, sino al teatro de marionetas. Todo un reto. Su estreno y representación se está llevando a cabo en el “Teatro del Soho” de Málaga.
Los elementos que acompañan a esta adaptación y que están presentes en el guion que dio pie a la película son recogidos de forma magistral por Calvente: la España gris, en blanco y negro, la banda sonora del franquismo, el No-Do, la bandera con el aguilucho, los tricornios, la pareja de la Guardia Civil, los retratos del dictador, el ¡Viva España!... y, sobre todas las cosas, la atmósfera de levedad, de un tiempo suspendido en la Historia. Las marionetas son capaces de recordarnos aquel tiempo que, en mi modesta opinión, amplifica los espacios, los silencios, la tristeza y los diálogos del humor negro de la obra berlanguiana.
Sus creadores han resumido de manera muy acertada y brillante el espíritu de la obra: “‘El verdugo’ es un feroz alegato contra la pena de muerte y sus oscuros mecanismos. Al mismo tiempo que nos enseña, desnuda sin tapujos a una España de otros tiempos y su bajeza moral, sometida y arraigada en el servilismo, el machismo y la ausencia de oportunidades”.
El garrote vil estuvo vigente en España desde 1820 hasta su desaparición, en 1978, tras aprobarse la Constitución. Franco dictó las últimas sentencias en 1974, cuando tenía un pie en la tumba. Sus víctimas fueron el anarquista catalán Salvador Antich, miembro del Movimiento Ibérico de Liberación, y el polaco-alemán Heinz Chez.
(*) Para los “millennials” y demás generaciones que no han oído hablar de esta práctica de ejecución, resumirles que el garrote vil fue un procedimiento por el cual se comprimía la garganta con una pequeña soga retorcida con un palo con aro metálico que oprimía la nuca hasta el estrangulamiento. Sus defensores alegaban que era un método “conmiserativo ya que permitía al reo morir estrangulado, pero sentado” (¡!). Todo un despliegue de sensibilidad que los familiares de los ejecutados habrán agradecido.
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