La canica ígnea
Ya en camino hacia la edad provecta, lo que menos aspira uno es a vivir sobresaltos todos los días, como desgraciadamente nos ocurre y que, machaconamente los medios se encargan de divulgar, porque mejor se vende lo malo que pasa que lo bueno que sucede.
Bueno, pues en medio de esta panoplia de noticiables infortunios, ha surgido la guinda de la canica ígnea o candente, de tamaño descomunal, que dicen se encuentra en el centro de nuestro planeta y que al parecer es de carácter caprichoso y gira como quiere y hasta se para y todo, según parece ocurrió hace trece años, y nosotros, sin enterarnos.
Esta suposición es el resultado de las interpretaciones de dos científicos chinos sobre las trayectorias que siguen las ondas sísmicas provocadas por terremotos, que no niego puedan ser rigurosas, pero también sesgadas, debido a posibles secuelas dejadas en sus cerebros, fruto de los efectos secundarios de ese maldito coronavirus que nos ha tenido enmascarados los dos últimos años.
A veces no deja de sorprender y causar perplejidad las conclusiones a las que llegan los científicos, de cómo, a partir de escasos datos, son capaces de saber de qué color tenían los ojos los dinosaurios y cómo era su piel, o bien de decirnos a partir de mínimos restos de homínidos de hace dos o tres millones de años cómo se llamaba, si se llevaba fatal con sus vecinos y hasta su orientación sexual.
La verdad es que nunca he visto tal cantidad de esquemas y dibujos en todos los periódicos en los que se muestra nuestro planeta partido en dos como si fuese un naranja, para tratar de explicar cómo es la estructura de nuestro mundo, al que nadie ha podido echar un vistazo por dentro para decirnos que es así.
Y, claro, uno se acongoja pensando qué catástrofe bíblica nos va a venir a consecuencia de todo esto, si se parará también el resto del planeta y cómo los mares y océanos lo invadirán todo, hasta nuestro apartamento de vacaciones de la playa; para terminar leyendo que todo lo más que está ocurriendo es que los días se han acortado una milésima de segundo desde los años cincuenta del siglo pasado o que a lo mejor las gotas de lluvia van a ser más gordas y que a partir de ahora se tendrán que fabricar paraguas con tela reforzada, o incluso que las merluzas se volverán enanas, avecinándose malos tiempos para el anisakis.
Aunque también puede pensarse, pues la analogía es más que evidente, que esta noticia entra en la categoría de las trileras, noticias que sirven para distraer la atención de otros asuntos más importantes para nosotros, a modo de los trileros que engatusaban a la gente invitándoles a adivinar en qué cubilete estaba la bolita a cambio de un dinero que podían ganar; solo que en este caso la bolita tiene mil doscientos kilómetros de tamaño.
A saber cómo será el siguiente bombazo noticiable.
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