Los propósitos y el impulso
Todos los días salgo de mi casa dispuesto a llevarme bien con todo el mundo, a saber responder moderadamente a cualquier imprevisto, sea de la naturaleza que sea, con el mejor espíritu, con la esperanza de volver contento por haber sido amable con todas las personas con las que he compartido tiempo y experiencias. Pero, invariablemente, en el camino de regreso me doy cuenta de que no lo he conseguido del todo y que una vez más me he traicionado a mí mismo porque soy el único responsable de que esto ocurra.
Esto me lleva a considerar que podemos buscar mil y una excusas para justificar lo injustificable, pero si no controlamos nuestros impulsos, echaremos por tierra los buenos propósitos y sacaremos a pasear nuestro carácter a las primeras de cambio. Y por mucho que intentemos afrontar las circunstancias de todo tipo que se presentan a diario con la mejor actitud posible, lo cierto es que la voluntad salta por los aires cuando se presenta el menor contratiempo.
Por muy buenos propósitos que se tengan, cuesta mucho controlar los impulsos que te hacen reaccionar indebidamente y arrepentirte a continuación, como me ocurre frecuentemente, a pesar de lo cual seguiré proponiéndomelo todos los días porque puede merecer la pena.
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