Pongamos que hablo de Madrid
Es sorprendente pensar cómo Madrid va superando al resto de las autonomías en oportunidades y prosperidad. El centralismo y la capitalidad no son razones suficientes para justificar tanta diferencia, que se me antoja inalcanzable en los próximos años.
La otrora candidata Ayuso verbalizó el ADN madrileño con mucha habilidad y rendimiento político: "a la madrileña", "tabernarios", "tolerancia" y -¡ahí es nada!- "libertad". Se olvidó denunciar -la derecha siempre tiene una memoria selectiva- los miles de alquileres de "zulos insalubres" sin ningún tipo de regulación administrativa.
Y cuando pienso en Madrid englobo a toda la comunidad, no solo el área metropolitana. Es cierto que las cosas ocurren en Madrid y se cuentan en provincias.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística, a fecha 1 de enero de 2021 el 56% de los madrileños (3.776.674) eran "gatos Rh positivo" porque habían nacido en Madrid; el 23% (1.572.689.) procedía del resto de España. Además, el 21% (1.396.004) restante no decían ni "miau" porque procedían de países extranjeros.
Sorprende el cosmopolitismo porque en este mundo, de los más de 8.000 millones de bocas compuestos por 194 países, 184 están representados en Madrid. De cumplirse la canción de “Los Porretas” se despoblaría inmediatamente: ¡Todos los paletos fuera de Madrid! También con humor proponían la independencia madrileña en un lugar donde el hecho diferencial es la ausencia del mismo. Una comunidad en la que puedes proclamar la independencia de ti mismo, de tu culito, en paz, sin estridencias.
Es curiosa además la añoranza que sienten los madrileños de los pueblos. Muchos dicen ser aldeanos aunque sus ancestros inmediatos ya nacieran en Madrid y sirva cualquier justificación para "poseer" un pueblo, aunque sea un bisabuelo por parte de madre fallecido hace un siglo que era, pongamos, de Alpedrete.
Y es que Madrid contiene un potente imán acogedor que hace que a los diez minutos de llegar todos seamos de Madrid. No es necesario hablar castellano. Lo he comprobado con visitas de otros ciudadanos europeos, sabían poco de España y nada de la Villa y Corte, pero enseguida sentían el olor a fritanga acogedora, a alegría, a oportunidad. Una fragancia que flota en el ambiente y provoca sentimientos de que algo bueno está pasando o está a punto de pasar.
Contrasta con otras grandes capitales donde resulta imposible sentirse como uno más. Son alientos fétidos, de fosa séptica sin mantenimiento contratado. Pongamos que estoy pensando en los estirados parisinos, que actúan como censores lingüísticos de extranjeros, ya que no solo los corrigen o fingen no entenderlos, sino que directamente los espantan con caras de asco cuando perciben el acento o aspecto de foráneo. Una paradoja absurda, porque llevan años matando sus penas con un café de toda la tarde en terrazas en donde el único espectáculo son los viandantes, soñando en otras vidas y en otros cuerpos… ¡Lamentable!
La Comunidad de Madrid es una nacionalidad basada en la integración vecinal, de barrio, tolerante, incluyente, receptiva, preguntona. Cotilleo pragmático para saber si lo que viene de fuera puede servirles para algo. Es una mentalidad que acoge al diferente con la empatía del que ya ha pasado por allí. Su espíritu original está basado en la diversidad, una patria anárquica pero enraizada a lo español como ninguna ciudad. Es imposible entender y querer a España si no te empapas de Madrid.
La parte dura de todo esto es que aterrizar en Madrid es hacerlo en el carril VAO; si te descuidas, cualquiera puede dejarte en la cuneta o comerte el bocadillo. En esto está fuera de los teatros subvencionados de otras ciudades europeas porque es una antigua economía que basa la prosperidad en la lucha, la pelea, en el trabajo duro y no en vivir a la sopa boba.
Lo decía Paco Umbral, el escritor que hablaba casi siempre de sus libros: "Madrid lo hicieron entre Carlos III, Sabatini y un albañil de Jaén, que era el que se lo curraba".
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