Todo es movimiento
Basta salir al campo, aun en invierno, cuando la naturaleza parece estar parada, viendo las ramas desnudas de los árboles, para creer que la vida, por lo menos la vegetal, está muerta o adormecida. Sin embargo, lo que de verdad está ocurriendo de manera velada es el acopio de las sustancias nutritivas que les serán necesarias para retoñar. Las yemas van engordando lentamente hasta que un día se abren ofreciendo esbozos de flores, que en pocos días aparecerán ya maduras, unas humildes, casi imperceptibles, otras radiantes y el proceso finalizará con el surgimiento de nuevas hojas, iniciándose de nuevo el ciclo de la vida.
Y, si observamos qué es lo que hay debajo de cortezas y detritos vegetales, podremos encontrar larvas de insectos, que se preparan también para surgir a la vida activa cuando se presente la ocasión más favorable.
Cada ser vivo, con sus características propias que les distinguen de los demás, trata de ocupar su nicho biológico que le permita vivir y reproducirse, tratando de manera incansable de defenderlo, o de ampliarlo, adoptando las más variadas e increíbles estrategias. Y eso lo hace en el escenario del espacio y el tiempo, inmerso en un océano de energía inexplicable que lo abarca todo. En lo más íntimo del interior de sus células, una continua efervescencia de átomos y moléculas crea y recrea delicadas estructuras microscópicas en un permanente intercambio de energía.
Hasta lo que creemos inanimado está en continuo movimiento a simple vista. Quién no ha observado tumbado en el campo o en la playa el hacerse y deshacerse de las nubes.
Es suficiente que una masa de aire caliente cargado de humedad, de moléculas de agua dispersas entre las moléculas que componen el aire, todas moviéndose caóticamente, se encuentre con otra masa de aire más frío para que todas se muevan más lentamente, permitiendo que las moléculas de agua se agrupen en gotas microscópicas para que comencemos a ver cómo donde no percibíamos nada, empiece a formarse una pequeña nube que comienza a crecer; o al revés, si esa masa de aire en la que hay una nube se encuentra con otra más caliente, ver cómo se va deshilachando y termina por desaparecer.
Si paseamos por la playa vemos cómo las olas avanzan hasta la orilla, semejando inmensas manadas de caballos salvajes que se atropellan en una frenética carrera por llegar a la orilla. Las componen millones y millones de moléculas de agua impulsadas a su vez por otros tantos millones y millones de moléculas que componen el aire, movidas a su vez por los cambios de temperatura en diferentes lugares y alturas de la atmósfera.
Incluso las montañas como el Everest -que crece un milímetro al año- se mueven y siguen creciendo debido al empuje que de manera incansable ejercen unas placas continentales contra otras y que acercan o alejan entre sí los continentes, como ocurre entre Norteamérica y Europa, que se están separando cuatro centímetros más cada año.
Percibimos el movimiento diario de nuestro mundo, a través de los ciclos día y noche, debido a su velocidad de rotación, de unos mil setecientos kilómetros/hora que usaremos como referencia- y percibiendo cómo cambia la duración de los días, debido a su movimiento de rotación alrededor del Sol, a una fantástica velocidad sesenta y cuatro veces mayor.
Incluso nuestra pacífica y silenciosa Luna se desplaza alrededor de la Tierra a dos veces esa velocidad. Mientras que el Sol rota sobre sí mismo a una velocidad cuatro veces mayor.
Y si miramos más lejos en una noche oscura, en un lugar donde no haya contaminación lumínica, veremos la banda más o menos luminosa de nuestra galaxia: La Vía Láctea, formada por millones y millones de estrellas -en uno de cuyos brazos se encuentra la nuestra-, todas girando alrededor de su núcleo a una inconcebible velocidad cuatrocientas veces superior, que se queda muy pequeña al compararla con una velocidad mil doscientas noventa veces superior a la que viaja nuestra ya corriente y común galaxia, dentro de las infinitas que los nuevos telescopios son capaces de ver, a su encuentro con sus hermanas y primas más próximas del Cúmulo de Virgo.
Así pues, todo es y está en inmenso movimiento desde el inicio de los tiempos
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