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El gran palabrero de un novelista señero

16 de Febrero del 2023 - Antonio Parra (CUIDERU)

Evaristo Casariego y el lenguaje de la mar

En Cudillero, donde vivo, hay dos voces para designar a los marineros y a los de tierra adentro. Unos son pixuetos y los de la aldea caízos. Para él los marinos son de mejor índole que los labriegos.

Esa misma distintiva se da en don José Pereda al referirse a los pejines y a los callealteros.

No quisiera meterme en un tremedal en el cual soy lego, pues de lenguaje marino aquí el que sabe es Sacha Marqués con toda la cuadrilla de amuravelos con su sermón a vera de dársena el día de San Pedro. Así he sentido una admiración tremenda por la solercia y propiedad de lenguaje que maneja Evaristo Casariego.

Sus libros son perlas del buen decir y del entusiasta conocimiento. Sabe describir como ningún otro, incluso superando a Galdós, un combate naval en "Con la vida hicieron fuego" cuando la fragata "Mar Céltico", que comandaba el teniente don Francisco Menéndez (Quico), se enfrenta a un transporte moscovita, el "Nikolaev", al grito de “a quema máquinas y proa a él”.

Se rindieron los ruskis, el capitán se pegó un tiro por negarse a arriar el pabellón, pero toda la tripulación quedó a salvo al entregarse todos prisioneros.

A Quico le dieron por la gesta la laureada de San Fernando.

En esta novela se alude a nordesteadas, al viento borguil, noche celada, rezón, soltar amarras, espaldillas, tolete, chiscón, estaca, aduja, viento de bolina, mar bella. Tomar la barra y lo contrario, soltar amarras.

Casariego es admirable no solo por sus facultades descriptivas, también por las narrativas.

No se puede dejar de la mano a esta hermosa novela que es un canto a Asturias y a sus esforzados hijos, depositarios de un oficio en el cual trajinaron durante siglos. Estos marineros cántabros enseñaron a navegar a media Europa.

Dice el novelista luarqués, al cual lo nacieron por lo visto en Tineo, que él prefería el trato de los hombres de la mar a los callealteros por su lealtad y por su religiosidad. Si no sabes rezar, entra en la mar.

A este respecto, uno de los capítulos más impresionantes es el que dedica al rescate de un grupo de derechistas que, huyendo de sus perseguidores, se refugiaron en la cueva de Albelda, donde solo podía acercarse el ser humano con marea baja.

Pues bien, zarpa con una motora y remando a proeles se llega hasta ellos.

Subieron y uno de los del grupo se acordó del Cristo de los marineros que preside señero el paisaje de Luarca en una ermita colgando sobre el acantilado.

¿Qué hacemos con el Cristo? Nos lo llevaron. Treparon la escarpada senda, desclavaron la imagen del retablo, un Cristo con faldellín, y a rastras lo bajaron.

Lo remolcaron a la sirga y así llegaron a otro puerto ocupado por los nacionales, el de Tolones. Este catolicismo a machamartillo fruto de una tradición secular sale a relucir, pero sin beaterías.

"En Febrera los católicos se clasifican en tres grupos: los que se comen los santos y huelen a cirio e incienso, los que van a misa por compromiso y por último están los descreídos, los ateos", se habla en cambio sin remilgos de un cierto anticlericalismo que el autor debió de padecer dado su carlismo liberal.

El párroco era un sacerdote sin tacha, pero enseñaba el catecismo a fuerza de sopapos. Sin embargo, si había un enfermo o un pobre en la parroquia, acudía a visitarlo y le metía unos duros debajo de la almohada. En las rectorales los días de romería se comía y se bebía a lo grande. A los postres el café con gotes y un buen cigarro puro.

El cura de Canero cuenta una historia que le había ocurrido con un feligrés, un carlista vasco que apenas hablaba castellano y trabajaba de carpintero de ribera. Tenía una bicicleta y muchos días se le veía pedaleando por las aldeas del concejo. Iba a mozas. Un día se le presentó una llorando. El vizcaíno la había dejado embarazada y no se quería casar, pero al poco tiempo se presentaron más. Hubo hasta cinco a las que había hecho madres. Ellas sucumbieron a sus encantos galantes.

El cura lo llamó para echarle un rapapolvo:

-Pero, hombre, Iñaqui, ¿cómo haces eso? ¿Qué tienes tú que las vuelve locas?

Y él dijo:

-Bisicleta, padre, bisicleta de Eibar.

Humor típicamente astur. Coña marinera. Habría que leer a Casariego en estos momentos.

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