Colápsame mucho

17 de Febrero del 2023 - Pablo González García, médico de familia en el CS Villalegre-La Luz de Avilés (Avilés)

Uno se suele acercar a la Atención Primaria por pura contingencia: caes en una consulta de un centro que te queda a mano de casa, en unas prácticas optativas de verano. En la Facultad de Medicina no se enseña (y lo digo reconociendo el esfuerzo de muchxs compañerxs que llevan años picando piedra para que esté presente).

Cuando era estudiante aparecí en la consulta de Agustín, médico de familia del área III. Discutía a voces con un paciente, que se marchó entre cagamentos. Me quedé un poco sorprendido.

Al día siguiente, ese mismo paciente, más calmado, vino a primera hora (sin cita) para buscar su medicación crónica, que tomaba en la consulta. Después charlaba un rato y se iba a desayunar. Estaba en lo que hoy llaman situación de calle. Todos los días se repetía la misma visita.

Por esas mismas fechas tenía un compañero suscrito a “The Lancet” y lo leíamos a pachas. Recuerdo que la OMS publicaba muchos artículos sobre el tratamiento de tuberculosos en zonas rurales, pivotando en personas respetadas de la comunidad, que controlaban el cumplimiento farmacológico.

[Un apunte: el tratamiento del bacilo tuberculoso suele durar entre 6 y 9 meses, la mayoría de los cuales la persona está asintomática, por lo que es muy importancia la adherencia, para evitar resistencias y recurrencias].

Eso se llamaba en el inglés técnico de la OMS Community-based Directly Observed Treatment (DOT), nombre que sirve ya para rellenar una línea del título. Era eficaz y barato.

Agustín hacía también community-based DOT con esta persona, evitando descompensaciones de su enfermedad crónica. Una descompensación suponía movilizar recursos de emergencias, visitas al servicio de urgencias hospitalarias, nuevas consultas en atención especializada y cambios en la medicación (mucho dinero, si uno se para a sumar).

Lo que hacía Agustín no se contabilizaba en los registros de la Consejería, no se tenía en cuenta en los indicadores anuales... mucho menos salía en “The Lancet” o le llamaban para dar conferencias en Ginebra. Pero era Atención Primaria situada, conocedora del contexto, basada en la relación con el paciente, enfocada a la prevención.

Todo este excurso me sirve para hacer una reivindicación: en Atención Primaria hacemos cosas que no se ven pero que evitan problemas de salud. Cosas que no se hacen en otros lugares del sistema sanitario. Quizá sean modestas, pero son importantes en conjunto.

Sin embargo, desde hace ya varios años, cuando la Atención Primaria es noticia, suele serlo por sus problemas exclusivamente. Si uno está un poco atento a lo que se cuenta en los medios de comunicación (que de forma irreductible siguen nombrando “ambulatorios” a los centros de salud), parece que trabajar aquí fuera una condena a galeras. Y uno se pregunta... ¿cómo es posible que llevemos “colapsando” tantos años? ¿No hay problemas en atención hospitalaria (lista de espera, medicalización de patologías no graves...) para sacar en los periódicos?

Sin negar que haya problemas (los hay, muchos y de todos los colores), la siguiente pregunta surge automática: ¿qué interés hay en solamente reflejar los aspectos negativos y las deficiencias de la Atención Primaria?

Intuyo que tiene que ver con la desafección de todo el mundo hacia la misma. Todos: políticos, gestores, trabajadores y usuarios. El pacto trabajo-capital del Estado del bienestar hace años que no existe (ni en Asturias, ni en Madrid, ni en Europa). Que cada cual se busque la vida es el camino al que nos empujan. La Atención Primaria parece, así, ese juguete caro y bonito, pero pasado de moda (no siempre vuelven los 80), con el que ya nadie quiere jugar y da reparo tirar.

Y es que una estructura (no hace falta ser ingeniero para saberlo) colapsa una sola vez, pum, cuando las fuerzas que sostiene superan la suma de las resistencias. No se puede estar 10, 15... años colapsando. Hablamos de otra cosa. Diríamos más bien una especie de derribo controlado, más o menos ruidoso, de una casa antigua que estorba en el solar donde quieren construir un hotel de lujo.

Hace falta, sí, abrir las ventanas... Cambiar cañerías, pintar las paredes, alicatar el baño... para que siga siendo habitable mucho tiempo.

Álvaro, un compañero recién jubilado que fue uno de los que empezaron la Atención Primaria en el barrio del Natahoyo, suele utilizar precisamente la metáfora del edificio apuntalado para llamar la atención sobre la importancia de que cada uno de los que estamos dentro nos esforcemos en sostenerlo. Y tiene razón. Pero no podemos vivir eternamente entre puntales, postiando.

Es necesario, creo, sentarnos todxs y decidir. Ya hubo varios intentos en la historia reciente. Más allá del precio de la hora de guardia o de cuántos puntos de atención continuada funcionan por las tardes. Más allá del gerencialismo, que no es el final de la historia en los servicios públicos.

Hacen falta equipos estables, que puedan ofrecer esa atención longitudinal, integral, con tiempo en la consulta, pero también fuera de ella... que tantos repiten como fundamental. En estos tiempos, urge renovar un modelo de atención que reme contra la corriente consumista de la salud. Porque, para una gran parte de la población, la Atención Primaria es el único techo (sanitario) donde abellugar. Está bien manifestarnos los domingos delante, pero es más urgente entrar y habitarla.

Por eso quiero gritar: ¡no creo en nada! sino en el amor de los seres humanos (V. Jara).

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