Gratitud a una residencia de mayores
La maldita pandemia nos hizo alejarnos de nuestros mayores. No podíamos abrazarlos, no podíamos cogerles la mano y no podíamos escuchar sus historias de vida, esa vida llena de experiencias y de sabiduría que tanto nos enseña. El virus también nos puso frente a una de nuestras realidades ocultas, las residencias de mayores. Esos lugares en muchas ocasiones minusvalorados se convirtieron, utilizando el lenguaje bélico del que tanto tiramos aquellos duros meses del confinamiento, en el principal campo de batalla. Médicos, auxiliares, psicólogos, fisioterapeutas, trabajadores sociales y todos y cada uno de los trabajadores de esos centros, de esas residencias, lucharon como nunca hubiesen imaginado que serían capaces de hacerlo para salvar vidas. Lo hacen a diario, pero esos meses su esfuerzo fue aún mayor, y lo fue porque veían cómo esos residentes a los que cuidan cada día se morían. Nuestros mayores se fueron sin ese abrazo cálido de la familia, pero lo hicieron acompañados por esos trabajadores que tanto sufrieron esas pérdidas.
Uno de esos centros de mayores es la residencia DomusVi de La Florida, en Oviedo. La pandemia dejó huella en los trabajadores, pero también una forma de actuar, de estar cerca, de atender con sumo cuidado a cada una de las personas que viven allí. Si ya lo hacían antes, ahora nos ha quedado claro que el virus les ha hecho aún más cariñosos y cercanos. Nuestra tía Carmen, tía Cuca, como la llamábamos todos, tenía 95 años, falleció en esa residencia, en La Florida. Y falleció rodeada de cariño no solo de la familia, sino también de todos los trabajadores del centro, desde Isabel, la directora, a todas las auxiliares. Beatriz, la trabajadora social, tendrá siempre nuestro cariño, el mismo que ella le dio a tía Cuca en sus últimos días de vida. Gracias, gracias de corazón.
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