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Aporofobia, 6.500 años después

3 de Marzo del 2023 - Marcelo Noboa Fiallo (Gijón)

En Antequera (Málaga) se levantó hace 6.500 años uno de los dólmenes de la península ibérica que mejor se conservan. Nada que envidiar a los dólmenes de Stonehenge (Gran Bretaña), salvo que estos últimos, todos los años, con la llegada del solsticio de verano tienen asegurado un espacio en la prensa y telediarios, cosas del marketing. El de Antequera, no.

Un dolmen es una construcción neolítica cuyos pobladores los levantaban para rendir homenaje a sus muertos a la vez que les servía de sepulcro o tumba de carácter colectivo. Dado su nivel de conocimientos tecnológicos, su construcción les suponía un esfuerzo inimaginable a nivel personal y colectivo. En diversos lugares se han hecho ensayos para saber, de manera aproximada, cómo se construía un dolmen y también numerosos cálculos del número de horas de trabajo y mano de obra precisa para trasladar los bloques y colocarlos. En cualquier caso, como mínimo serían necesarios de 100 a 200 hombres trabajando a la vez para que las construcciones salieran adelante.

Distintas evidencias arqueológicas nos indican que estas sociedades eran de tipo tribal, de tamaño familiar escasamente diferenciada y con una economía fundamentalmente colaborativa. La diferenciación social, a partir del análisis de los enterramientos de estas comunidades era inexistente. Apenas habría, por tanto, diferencias sociales, con una distribución de recursos equitativa y probablemente inexistencia de propiedad privada. En este tipo de sociedad la jerarquía solo habría sido de tipo familiar. Esto indicaría una ausencia de jerarquía social y de liderazgos significativos. La regulación de la sociedad vendría dada por códigos no escritos, costumbres y hábitos y las disputas económicas y sociales se resolverían en la comunidad, posiblemente con representantes de las unidades productivas familiares. No existían desigualdades sociales, los individuos permanecían perfectamente integrados en sus comunidades.

A pocos metros del legado que nuestros antepasados dejaron en Andalucía, en la moderna Antequera, se ha cometido uno de los asesinatos más execrables que retratan y definen nuestro modelo social, desde hace algún tiempo, el asesinato por aporofobia (odio al pobre). Los asesinos, dos jóvenes de clase media, de 19 años de edad, arremetieron, sin mediar palabra, contra un indigente, un sintecho, que dormía en la calle. Lo hicieron con un martillo, golpeándolo una y otra vez con la fuerza de la rabia y el odio que se alimenta de la aporofobia, ya que el único delito del indigente era el que no tuviera un lugar donde dormir. El cadáver fue encontrado en una céntrica plaza de Antequera. La víctima tenía 52 años de edad y era natural de Granada.

A lo largo de la historia de la humanidad, los asesinatos individuales se han cometido por diferentes motivos, la casuística es casi inagotable. Allí están las hemerotecas, la Historia, los relatos... que nos denuncian como especie, pero jamás se había matado por odio al pobre, por el mero hecho de serlo. El de Antequera no es el primero ni será el último. Llevamos ya algunos años que, a cuentagotas y con un escalofrío que nos recorre el cuerpo, escuchamos a los medios de comunicación portadores de lo que nos retrata como especie.

Fue la catedrática de Ética Adela Cortina quien introdujo el término "aporofobia" en 1995 y años más tarde (2017) fue designada por la Fundéu palabra del año, para describir esta nueva realidad de nuestro tiempo. Del rechazo, del odio al pobre se ha pasado a su eliminación.

Si nuestros antepasados neolíticos levantaran la cabeza se volverían a morir de espanto. Nosotros, no, porque al parecer ya estamos curados de espanto.

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