Un planteamiento perverso
El otro día asistí como espectador a la presentación de un libro que, entre otras materias graves, abordaba, de una manera tangencial, la crisis demográfica asturiana.
En el turno de ruegos y preguntas, un joven exaltado -fósil viviente de romántico decimonónico- concluyó que la baja natalidad -aunque hay otros medios de esculpir, pulir, cincelar o retocar la pirámide de población, medios que él no advirtió porque, quizás inconscientemente, vale más no invocar- constituía un "avance democrático", del que parecía sentirse orgulloso como si, pese a su corta edad, hubiera participado activamente en todos los ámbitos de debate, decisión y ejecución convocados en la historia para regular y hasta obturar las fuerzas genesíacas, sus vías de entrada y de salida.
He venido a mostrar mi desacuerdo con esa formulación que revela una pulsión de muerte -imagino que democrática ("pulsión de muerte para todos")- impostada, pues que no la hay natural. Hace falta beber de fuentes envenenadas para abundar en esa fascinación contemporánea por el no ser, habría que cegarlas porque a todos nos llegan, de alguna manera; o eso o el hacerse cargo de alguien corrompido por ese tósigo intangible que serpentea impasible entre nuestras aguas. Señores, se impone la tarea de potabilizar el pensamiento y sanear sus redes de distribución, a lo que modestamente contribuyo con esta mi hucha de minutos ahorros.
No hay "avance democrático" nada, diría el cubano, por la sencilla razón, que le opuso el autor del libro, de que la sociedad se envejecería, como estamos viendo. Pero hay también, añadamos, una pérdida de vitalidad de las cosas en que uno cree -pasivamente, por las que lucha, me da igual- o sostiene a modo de bienes, porque todas ellas carecerán de legatarios. Hablo de sustancias que pierden perdurabilidad y se dejan comer de la irrelevancia, la indiferencia. Al final, los más buitres se harán con todo ello, hay fondos de inversión que llevan ese nombre, no es casual, habiéndose instalado entre nosotros una cultura de la rapiña que, con el étimo en la mano, habría que denominar "vultura de la rapiña". Se nos llevan hasta el bienestar que no hemos querido testar en favor de nadie, nos han engañado estos desheredados vagos que han tomado los atajos sofísticos para desplumarnos. Señores, vuelvo en los quince minutos que tardo en atravesar la ciudad del futuro que ya nos hemos dado.
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