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Honorio Riesgo: un vaqueiro en la Presidencia de las Cortes

13 de Diciembre del 2010 - Honorio Feito, J. A. San Miguel

Junto a Melquíades Álvarez y Torcuato Fernández Miranda, fue uno de los tres presidentes asturianos de las Cortes en el siglo XX.

Con el cabraliego Pedro Niembro protagonizó una dura pelea por el control del abastecimiento de carne en Madrid a comienzos del siglo XX.

El 7 de diciembre de 1933 don Honorio Riesgo García era elegido presidente de las Cortes. Lo era por ser el diputado de más edad de los allí convocados, y su elección vino a desvelar una apuesta entre los periodistas, que querían ver si esta elección recaería sobre don Alejandro Lerroux o sobre el conde de Romanones, a la sazón los mayores de los diputados, entendiendo que ninguno de los dos había asistido a la primera sesión por una cuestión de coquetería, siendo elegido don Honorio Riego. Junto a don Melquíades Álvarez y don Torcuato Fernández Miranda, fue uno de los tres presidentes asturianos de las Cortes en el siglo XX.

Empresario muy conocido en Madrid, aunque era maurista, y lógicamente de derechas, su llegada a las Cortes obedeció probablemente más a una cuestión de honor que a una vocación política. La reacción de la derecha española al mensaje marxista y anticatólico de la izquierda republicana supuso la presentación, en las listas electorales, de empresarios y profesionales para reforzar la presencia de los políticos de derechas y católicos. Don Honorio Riesgo era, por encima de todo, un trabajador infatigable y hasta las Cortes llevó esa disciplina del trabajo, llegando, incluso, a encontrarse solo a la hora de la apertura de la sesión del miércoles 20 de marzo de 1935, suceso del que dieron cuenta los periódicos de la época. Y no fue un hecho aislado, pues volvería a repetirse algún tiempo después.

A Madrid, con diez años

Había nacido en Leiriella, en la casa de Carcabón, el 18 de octubre de 1864. Era hijo de José Riesgo Fernández, de El Cabanin, y de Juana García Parrondo, de Leiriella. A los diez años su madre le acompañó a pernoctar en Luarca para tomar una diligencia que lo llevara a Madrid. Tenía diez años: «Llegué a Madrid, Arenal 2, hotel Iberia. Por allí vi pasar, calle Tetuán arriba, un mozo de cuerda que cargaba una cómoda, y Josefa Cano, que estaba a mi lado, con cierta alegría me hizo notar que aquel hombre era de La Candanosa. El paisanaje me hizo pensar que si el porvenir mío iba a ser igual, no era muy halagüeño, escribiría en unas Memorias íntimas, pero no inéditas, que conserva la familia, y en las que se cuentan, entre anécdotas y experiencias, los difíciles comienzos de una vida dedicada a los negocios, que él definió con la siguiente conclusión: «La vida de negocio ni es fácil, ni cómoda, ni grata».

Estudió tres años de Bachillerato, con buen aprovechamiento, pero las dificultades económicas familiares no permitieron que continuara. Sin embargo, su madre, sabiendo que en Madrid podría encontrar lo que en la braña no era posible, le recomendó a Santiago Gallo y Gallo Lechuga, de Caborno (Valdés), carnicero, un importante empresario del mercado de San Miguel, y allá se fue con él como aprendiz y chico de los recados: «Sólo Dios sabe cuántos malos ratos pasé en la cola del agua..., ganaba 30 céntimos al mes». Un día, la oportuna llegada del cocinero del duque de Gor propició que don Honorio Riesgo mostrara su destreza para despachar carne, cortando de un solo tajo un kilo y medio de contra, que era lo demandado por el cliente, ante lo cual accedió Santiago Gallo a que el joven mozo trabajara de oficial tablajero, oficio que el Diccionario de la RAE, en su cuarta acepción, define como cortador de carne. Entonces ya ganaba tres pesetas diarias.

Jornadas de 19 horas

Tenía 17 años cuando el fallecimiento de su hermano José lo llevó de nuevo a Leiriella. Se despidió de su jefe y pidió relaciones a Marcelina, la tercera hija del matrimonio de Santiago Gallo y Juana Jaquete Feito. A su regreso, decidió establecerse por su cuenta, para lo que disponía de sus ahorros, que alcanzaban la cantidad de nueve mil reales. Compró un cajón en San Miguel, con dos tercios de esa suma, y con el resto compró género para despachar. Trabajaba diecinueve horas al día: se levantaba a las cuatro de la mañana para comenzar la venta en el puesto desde las cinco hasta las doce. A esa hora pagaba a los tratantes de ganado, hacía las cuentas con los proveedores y comía a la una. Media hora más tarde bajaba al matadero, a las cuatro de la tarde estaba en los paradores para comprar reses y luego regresaba a la tienda para seguir despachando hasta las diez de la noche, hora en que se retiraba a su casa.

Un día, tomando café en La Estrecha, comunicó a Santiago Gallo que pensaba casarse con su hija, a lo que su futuro suegro sólo puso una condición: que regresara a trabajar a su casa. Honorio Riesgo siempre tuvo gran cariño por su suegro, y éste siempre lo trató como a un hijo: «Él fue mi segundo padre, protector, y a él debo cuanto más tarde fui...», escribió don Honorio Riesgo, que puso en práctica una mágica visión comercial: la apertura de la tienda de la calle Mayor de Madrid en 1892, que aún hoy sigue abierta al público, resultó fundamental para el negocio, pues, desde sus inicios vendía de dieciséis a dieciocho cuartos de vaca, ocho o diez carneros, tres o cuatro terneras y entre veinticinco y treinta corderos al día. Además de este negocio, llevan la salchichería de la calle Ciudad Rodrigo, el cajón o puesto de San Miguel y el almacén de la calle del Rollo.

En 1866 mueren su suegro y su madre. Su esposa Marcelina falleció tres años más tarde, joven, con 31 años, de sobreparto mientras se encontraba en El Espinar, donde la familia tenía negocios de maderas y serrerías. En su matrimonio había tenido cinco hijos: Honorio, Marcelino, Carmen, Elena y Santiago. El primogénito fue asesinado durante la Guerra Civil de 1936-1939 por elementos de la cheka de Atocha; Marcelino no tuvo buena salud y falleció en 1912; Carmen casó con Enrique Tapia Ozcariz en 1917, con el que tuvo una hija llamada Blanca, que casó con Emilio Jiménez Millas, y este matrimonio es el que sigue la sucesión; Elena falleció a los cinco años, en 1900, en Leiriella, donde estaba de vacaciones, y Santiago fue el heredero de los negocios de su padre, casado con Victorina Sánchez Diezma, sin descendencia.

En su segundo matrimonio Honorio Riesgo casó con doña Blasa Rodeles, su cuñada, viuda, a su vez, de Santiago Gallo Lechuga.

Lucha por el control

En 1902 liquida los negocios con su cuñado, Santiago Gallo, y él emprende una nueva actividad: la venta de cueros, y con su amigo Clemente Fernández se presentan en la subasta para abastecer carne a los hospitales madrileños. En 1905 se quedan con el café Universal, en la Puerta del Sol, y el 1908, con un solar en el paseo Imperial, con entrada por el paseo de los Melancólicos, para dedicarlo a mondonguería, secadero, cuadras y fábrica de curtidos rápidos, que provocó una intensa campaña contra los intereses de don Honorio Riesgo que tuvo como escenarios la prensa, el Ayuntamiento de Madrid e, incluso, el Parlamento, pero en todos estos foros hizo alarde de su perseverancia, y el local del paseo Imperial permaneció hasta la década de los años ochenta del pasado siglo XX, aunque en los últimos años, dedicado a otros menesteres ajenos a aquellos para los que fue concebido. En esa pugna, y como prueba del tesón y la fe en sus posibilidades, tuvo que vérselas con otro asturiano, el cabraliego Pedro Niembro, carnicero y abastecedor, que fue empresario de la plaza de toros de la calle de O’Donnell y el matadero de Pozuelo de Alarcón. Niembro era un hombre recio, republicano federalista y amigo de Blasco Ibáñez, y uno de sus hijos, Emilio, fue diputado a Cortes, más conocido que por su oratoria parlamentaria, por haberle propinado un puñetazo al mismísimo director general de Seguridad, don Alfonso Mallol, en presencia de todos los diputados.

Por aquellos años también, don Honorio Riesgo y Clemente Fernández visitan al Rogui, en Melilla, para comprarle la mina de hierro del monte Wisan al precio de ciento cincuenta mil pesetas. La presencia del conde de Romanones, en representación de un grupo de industriales vascos, encareció el negocio en otras cien mil pesetas, pero entre todos formalizaron la Compañía Española de Minas del Rif, que sobrevivió hasta su liquidación en 1967. La diversificación de negocios fue una constante en este empresario nacido en Leiriella. El viejo café Fornos, ubicado en la calle de Alcalá esquina a la de Virgen de los Peligros, ya cerrado, fue adquirido en 1928 para instalar el famoso café Riesgo, vigente hasta los años finales de la década de los setenta del pasado siglo, referencia de una hostelería que gozó en Madrid de singular prestigio.

Laborioso, afable, familiar, en sus Memorias son continuas las citas de cariño hacia los suyos, y el agradecimiento a cuantos con él trabajaron, a los que cita con nombres y apellidos como muestra de gratitud y aprecio.

Honorio Feito, J. A. San Miguel

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