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Un regalo adecuado

31 de Mayo del 2023 - Javier Cortiñas González (Tarragona)

Era bastante normal, aunque hoy va siendo menos frecuente, ser invitado a una boda, ya sea religiosa o civil, de una prima, amiga, esposa -si el divorcio ha sido ejemplar-, o de una abuela, muy poco probable, aunque posible, en el mundo en que estamos. Naturalmente esto conlleva corresponder con un regalo, acorde con el grado de generosidad con el que uno valora el hecho de ser invitado.

Bueno, el caso es que fuimos invitados a la boda de una sobrina y teniendo en cuenta las anteriores reflexiones, estuve pensando qué podríamos regarle. Supuse que hacerlo en metálico era lo más socorrido, lo menos complicado para salir del paso, pero también indicativo de la poca consideración del cariño o la amistad hacia la persona que te invita. Comencé a pensar en posibles obsequios, desde alguna pieza valiosa de las que guardamos por eso, por su valor, que pasan de unos armarios a otros sin salir en su vida, ni ver el sol, y que por lo tanto son perfectamente inútiles, hasta algo más útil para los tiempos que corren. Quizás algún sofisticado electrodoméstico de nueva generación, como un robot aspirador. Pero descarté la idea cuando me acordé de uno que nos regalaron y llamamos Sinforosa -con un aspecto de aspirina gigante de color negro- que de repente aparecía de debajo de la cama y que a veces encontrábamos peleando en un rincón con los bajos de una cortina. La pobre, que en gloria esté, murió por accidente o suicidio -algo que nunca sabremos- el día que se precipitó escaleras abajo al dejar por descuido una puerta abierta. También se me ocurrió como alternativa una aspiradora de estas superciclónicas, que parecen maquinas galácticas, donde puedes observar a través de su carcasa transparente cómo las pelusas y el polvo giran a velocidades supersónicas. Con la que se puede correr el riesgo, en caso de rotura, de que su aire cientos de veces huracanado nos lance al inhóspito espacio exterior.

Ya casi decidido, lo consulté con mi compañera sentimental, que, con suave pragmatismo, me sugirió mejor alguno que ayudase en el asunto del condumio, habida cuenta del poco tiempo que tienen las parejas de hoy para preparar una comida decente. Así que me puse manos a la obra revisando catálogos hasta dar con tres posibilidades: el hervidor telepático, capaz de ponerse a calentar agua en cuanto piensas tomar un café, o alguna tisana digestiva, que en Asturias se conocen por “fervinchus”. No me parecía mala idea, pero sí un poco escasa como regalo.

El siguiente artefacto al que eché el ojo fue un robot de cocina, algo espectacular a mi modo de ver, por la gama de artilugios y utensilios con los que venía acompañado, además de botones, pantallas, etc., de un grueso libro de instrucciones equivalente al de un avión comercial. Según parece, este increíble aparato es capaz de cortar, moler, amasar, mezclar, batir y calentar para cocinar él solo un primer plato, segundo y postre para una familia e invitados, sin cambiar de ingredientes, mientras uno se puede dedicar a realizar ejercicios de respiración anaerobia en la bañera. La verdad es que me parecía un regalo especial, pero caro. Pero, por si acaso, quise compararlo con otro de estos nuevos artefactos, cuya publicidad menciona aspectos intangibles relacionados con nuevas formas de vivir, más sanas, además de proporcionar una comida elaborada a baja temperatura. Me refiero a la olla de cocción lenta y además mucho más barato. Según dicen, es lo más parecido a la antigua manera de cocinar a fuego lento y durante horas, tal como se hacían antaño los cocidos y los guisos, como manifiesta el libro de recetas que acompaña a la olla, que recogía las más comunes en nuestras casas, tan habituales y socorridos como la ensalada tibia de berenjenas, el estofado de pimienta vegano, o el guiso de zanahorias de Westfalia, sin olvidar tampoco el gulash de Szeged, o el risotto de pecorino y pimienta.

Aunque para mí lo más preocupante de cocinar lentamente y a baja temperatura, por ejemplo durante una semana, es tener que disponer primero de varias de estas ollas y de una agenda detallada por horas, donde quede anotado que el lunes a las siete de la tarde tienes que poner, en la perola perezosa, los garbanzos de la comida del viernes, o que, el martes a las seis de la mañana, te toca ocuparte del ragut de ternera, si quieres que quede listo a las nueve de la noche para la cena con tu jefa y así el resto de los días de la semana. Seguro que comes sano, pero también con indicios de úlcera de duodeno y no sé si compensa.

Así que enfrascado en la búsqueda del aparato de cocina más idóneo para regalar, encontré, que cada cacharro que analizaba, estaba asociado a nuevos conceptos culinarios expresados la mayoría en jerga inglesa, como “slow cooking”, “low cooking”, “cousine sous-vide”, amparados todos bajo el paraguas del “realfooding” que están a años luz y no tienen nada que ver con la cocina de Arguiñano, y ni siquiera con los malabares culinarios que se ven en “Master Chef”. Qué razón tenía mi padre cuando me animaba a estudiar idiomas, te será útil decía, y es verdad, porque tal como van las cosas te puedes morir rodeado de alimentos por no dominar las nuevas técnicas de cocina explicadas en la lengua de la Pérfida Albión. Desde luego cómo han cambiado las cosas. En las cocinas de antes, había un par de cazuelas y pucheros de aluminio, dos sartenes de hierro, un almirez de la época del bronce, una manga de café -parecida a un calcetín- y un molinillo de café que se movía con energía humana, con las que se podían preparar las mil y un recetas de la gastronomía patria. Pero las de ahora parecen laboratorios de ingeniería genética, cuando menos, con aparatos hechos de metales exóticos, con luces y pantallas que emiten ruidos y pitidos extraños.

Así que finalmente, por si acaso mis elucubraciones mentales no eran del todo ciertas, en medio de tanta oferta adornada de nuevos conceptos culinarios y formas de alimentación, como si se tratase de una nueva religión, decidimos regalarle las dos máquinas de cocinar tan pormenorizadamente analizadas, sin pensar siquiera si tendrían sitio para instalarlas en la cocina, o ponerlas en la ducha o debajo de la cama. Y el tiempo dirá si algún día nos invitan a comer, a qué increíbles y raras maravillas gastronómicas nos enfrentaremos en el plato.

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