El cartero llama dos veces
Los espejos rotos traen mala suerte. A Sánchez se le rompió el suyo el 28 de mayo y descubrió con horror que la mayoría de españoles ya no le puede ver ni en pintura. Como para no querer a Sánchez hay que ser muy perversos, el Presidente reaccionó con ira confinando a esa chusma de desafectos sedicentes entre dos corchetes infamantes: “derecha extrema y extrema derecha”. Solo le faltó apostrofarlos con las mismas palabras de sus socios de Bildu: “Iros al carajo, fascistas de mierda”.
Esa es la forma progresista de legitimar la alternancia: si el 23 de julio no votas a Sánchez, o a la Ministra Secretaria General del Movimiento Sumar, o a las Izquierdas por la Independencia (ERC y Bildu), eres un apestado evadido del lazareto de la extrema derecha extrema, que tendrías que acercarte a las urnas haciendo sonar una campanilla. Si no eres sanchista, ni nacionalista golpista (ERC) o filoetarra (Bildu), o uno de los huevos pintos en la cesta de Yolanda, solo puedes ser un facha. “Un fascista de mierda”.
Para oponerse con eficacia a un dirigente tóxico, hay que conocer a fondo la naturaleza del sujeto. ¿Quién es Sánchez? Un botarate que se alzó con el título de doctor con una tesis de trampantojo amañada por una panda de compinches en el departamento de economía de una universidad privada. Erigida en tribunal, la pandilla calificó el bodrio de sobresaliente “cum laude”. “Laude” que el escarnio popular tradujo de inmediato por “fraude”: “Sánchez, doctor cum fraude”. A saber por qué los medios guardan un silencio acobardado sobre esa tara de origen.
¿Quién es Sánchez? El primer secretario general del Partido Socialista depuesto por un Comité Federal en 140 años de historia. Se trataba de evitar que terminara formando el “Gobierno Frankenstein” que padecemos. Sánchez quiso salvar el trance con una votación secreta. El voto secreto está previsto en los estatutos del PSOE. Lo que no estaba previsto es que el secreto del voto consistiera en “esconder la urna tras una cortina”.
“Me engañó”, había dicho Felipe González 48 horas antes (el 28 de septiembre), inaugurando con su autoridad la reputación oficial de Sánchez como tramposo sin enmienda. “Los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta, que les diga siempre la verdad”, pensaba Rubalcaba. Su sucesor estima que no nos merecemos siquiera que nos diga la verdad de vez en cuando. No podría conciliar el sueño gobernando con Podemos y a la noche siguiente estaba encamado con Iglesias. Y como los que comparten colchón terminan siendo de la misma opinión, Pedro no se dejó coleta pero Pablo se cortó la suya; y Pedro termina queriendo montar su propia Tuerca: “Un debate cada lunes”.
Creyó que podía engañar todo el tiempo a todo el mundo y se convirtió en una fuente renovable de votos para Ayuso, puerto de refugio para los que huyen del sanchismo como de un azote bíblico. “Que te vote chapote” no es un enunciado injurioso; es la expresión de una situación perversa en que, para sostener a Sánchez, es irrelevante votar PSOE, a las Izquierdas por la Independencia o al batiburrillo que Yolanda, la gentil buñuelera, agita en su batidora. ¿Están los asuntos de Estado a buen recaudo en manos de un presidente al que el rey de Marruecos chantajea a discreción?
Cerremos aquí este apunte por no aburrir repitiendo lo que hasta el Gobierno reconoce (por eso los ministros se precipitaron a la habitación del pánico copando los puestos de salida en las listas electorales): que a Sánchez le falló el paracaídas el 28 de mayo y está en caída libre hasta el batacazo final el 23 de julio. Allí le esperamos millones de españoles para explicarle por correo o en propia mano la parte del batacazo que no quiere entender.
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