El nazismo que nos acecha
Crece con evidente desparpajo la ultraderecha en Europa, y se beneficia de la desmemoria de la preponderancia de la inmediatez (que animan las llamadas empresas de redes sociales) provocada para que no haya elementos de discernimiento sobre los “hechos” del pasado cercano, como el franquismo, como el nazismo y sus millones de víctimas.
En la otra parte del Charco algunos aniversarios redondos, los 50 años, vuelven a poner en el tapete político las consecuencias de las dictaduras militares (y pronazis). 50 años del golpe y dictadura en Uruguay. 50 años del golpazo pinochetista en Chile, dentro de pocas semanas.
Y cuando unos golpes y otros (Europa y América) se entrelazan, porque los protagonistas y víctimas de los dos continentes la sufren.
Así lo recuerda Luis Casado, que llegó a Francia huyendo del pinochetismo (que torturó a su padre en el Estadio Nacional en Santiago, donde también asesinaron a Víctor Jara, y torturaron a su hermano en Quriquinas) y asentó familia francesa donde el abuelo francés de su hija se sublevó contra el sometimiento y ocupación nazi de su país, pasándose a la resistencia, y donde el abuelo gallego de su hijo participó en la defensa de la República española contra el golpe franquista.
Escribe Luis Casado sobre aquellas resistencias al nazismo. Y recuerda figuras como el armenio Manuchian, que había llegado huyendo del genocidio armenio (un millón doscientas mil personas exterminadas por el Imperio otomano, que en aquella tesitura de la primera contienda fue aliado del Imperio austro-húngaro y Bulgaria).
Manuchian, obrero inmigrante, hubo de pasarse a la resistencia francesa, y pocos meses antes de la Liberación (la liberación de París y Francia del nazismo en cuyo 75.º aniversario participaba la charanga “Ventolín” rememorando a la Nueve, aquella compañía mayoritariamente compuesta de españoles, que ya habían combatido en la guerra española, que resistieron heroicamente en África, y que morirían casi todos en la lucha por la liberación de Europa del nazismo), fue capturado y torturado y fusilado por los nazis en retirada.
Asegura Luis Casado que los criminales nazis chilenos fueron peores incluso que los alemanes: dice que al menos a Manuchian le permitieron escribir una carta antes de su fusilamiento, cosa que los pinochetistas no consintieron a sus víctimas.
Y reproduce la carta, porque pudo llegar a su destino:
“Mi querida Mélinée, mi querida huerfanita,
En unas horas, me iré de este mundo. Nos fusilarán esta tarde a las 3. Me está pasando como un accidente en mi vida, no me lo creo, pero sé que no volveré a verte.
¿Qué puedo escribirte? Estoy tan confundido y tan claro al mismo tiempo.
Me alisté en el Ejército de Liberación como soldado voluntario y me estoy muriendo al borde de la Victoria y de mi objetivo. Buena suerte a los que nos sobrevivan y saboreen la dulzura de la Libertad y la Paz del mañana. Estoy seguro de que el pueblo francés y todos los combatientes por la libertad honrarán dignamente nuestra memoria. Al morir, proclamo que no siento odio por el pueblo alemán ni por nadie. Cada uno tendrá lo que se merece en castigo y recompensa”.
Los golpes de Estado en Uruguay y Chile (como los de Argentina, Paraguay, Brasil y los demás) enfangaron a esos países en décadas de horror y sumisión de las que todavía no se recuperan.
Sepultaron muchos sueños.
Quebraron a las personas y sus esperanzas.
E inauguraron la práctica bestial del neoliberalismo salvaje, que se hace más evidente que en otros lugares en el Chile de las AFP, los planes privados de pensiones (los mismo que quieren implementar y desarrollan a buena velocidad en Europa) que fueron impuestos a todo el mundo a mayor beneficio de las aseguradoras y para empobrecimiento masivo de millones de personas. (¿de todas?... No, de todas no, que los militares siguieron disfrutando de una pensión pública que el resto de la ciudadanía fue obligada a descartar).
Ahora, cuando las promesas de revertir esas situaciones (por ejemplo, en Perú y en Chile) se ven de nuevo truncadas, las y los pensionistas de Chile y Perú se ven de nuevo obligados a convocar nuevas movilizaciones, este mes de julio, para señalar las traiciones nuevas y para seguir aspirando a justicia para sus derechos pensionales.
La ultraderecha no es un fantasma que de nuevo recorra Europa, sino una realidad más que visible aunque sea tolerada (como la otra vez) por un empresariado voraz que la alimenta, en aras a su insaciable avaricia de dividendos.
Hay una versión (que recogen diversas literaturas y “casas de los espíritus”) sobre que las derechas latinoamericanas y en particular la chilena querían derrotar el experimento democrático de Allende y sus mil días de gobierno, y ampararon para ello el advenimiento de los golpes militares, pero que luego se sintieron “desbordadas” por el militarismo. Puede ser que fuera, o puede ser una forma de tratar de lavarse culpas y responsabilidades: si llamaron a los yanquis para arropar los levantamientos militares, si los justificaron, si conspiraron abiertamente contra las democracias, no podrán alegar inocencia ni desbordamiento, como no lo podrá hacer la derecha “moderada” española cuando está dando ya entrada, amparo y bendición a los ultras en los gobiernos españoles.
Llorar después no es una opción que pueda lavar otras nuevas décadas de ignominia, antiderechos y antihumanismo.
La vida, y el derecho a la vida y a la alegría, es ahora cuando toca volver a defenderla, con la invaluable aportación de lo que la historia nos sigue enseñando.
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