Huesos
El pasado 13 de julio se rememoró el asesinato-ejecución de Miguel Ángel Blanco. Han pasado los años desde entonces, pero aún recuerdo el momento exacto en que conocí la noticia de su muerte, no por esperada (todos sabíamos que el Estado no podía ceder al chantaje de ETA, a sus demandas y exigencias) fue menos triste, dramática y traumática para un país que no se acostumbraría nunca a enterrar a ciudadanos, políticos o no, que a diario eran ejecutados por los terroristas.
Recordar al capitán farmacéutico Martín Barrios, al ingeniero José Marí Ryan, a Ernest Lluch, a Tomás y Valiente y tantos y tantos otros asesinados por ETA que pusieron de luto este país no es menospreciar a unos para ensalzar a otros, es poner en el mismo plano los huesos de todos por igual.
Cada 11 de marzo se recuerda el atentado de Madrid, eso sí, con la boca pequeña y tratando de olvidar que un día 193 de nuestros ciudadanos salieron de sus casas para no volver jamás, personas que dejaron huella indeleble en la vida de sus allegados y personas queridas, pero que su país trata de ignorar como si no hubieran existido nunca. Sin embargo, pasamos varios días y semanas hablando de los atentados de las Torres Gemelas de EE UU. ¿Es que los muertos americanos tienen más entidad que los españoles, son más importantes?, desprecio la actitud de los políticos que los ignoran y, sobre todo, detesto al país que no trata por igual a todos sus ciudadanos, sobre todo si están muertos.
Después de más de 80 años comienzan a ver la luz nuestros muertos republicanos y, después de una espera de casi un siglo, los partidos que siguen amparado aquel genocidio siguen sin reconocer aquellos muertos, aquellos huesos, que merecen, por fin, reposar donde siempre debieron estar, en un cementerio. Un día salieron a dar un paseo y nunca volvieron, dejando sus vidas en una cuneta o en una fosa sin nombre, para que nadie pudiera volver a hablar de ellos. Pero 80 años no fueron suficientes para olvidar a padres, hermanos, esposas e hijos que se fueron para siempre y que merecen volver a casa.
Es bueno que un país recuerde a las personas que fueron eliminadas por bandas terroristas o simplemente fueron eliminadas por pensar de forma diferente a la política imperante (eliminación de republicanos solo por serlo).
Lo que no se puede entender es que haya diferencias entre los muertos, ya es bastante odioso que los vivos no puedan entenderse en una comunicación franca en sus diferencias, pero lo podemos comprender; lo otro solo es el resultado de la mezquindad de los miserables que solo buscan el “cuanto peor, mejor”.
Los huesos de nuestros muertos merecen respeto, pero dependiendo de cuándo, cómo y dónde esos huesos son merecedores de recordatorio o ignorados, insultados y degradados por políticos y comunicadores, que no pueden entender que la muerte nos iguala, nos pone a todos en el mismo plano, sin diferencias.
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