Graciela
La naturaleza no hizo honor a su nombre. Graciela era fea, pero, de una fealdad extrema. La cara semejaba dos provincias unidas por un río con meandros. La provincia izquierda tenía montículos como cráteres que supuraban pus en lugar de lava. La de la derecha se componía de llanuras y precipicios intercambiándose de posición hasta llegar a la oreja. La nariz verrucosa y respingona se elevaba torcida en dirección oblicua al párpado izquierdo y este, como si estuviera cansado por el esfuerzo, corría a su encuentro con intención de abrazarla.
El ojo derecho estrábico seguía una trayectoria perpendicular a la frente y en discordancia con su homólogo izquierdo aplaudía dando gracias al cielo. Era de menor tamaño consecuencia de un nacimiento a destiempo.
La boca, ligeramente abierta con los colmillos en protusión, semejaba una gruta con estalactitas amarillentas que iluminaban con fulgor una lengua azul propia de un rumiante enfermo.
Las orejas de soplillo, que en su niñez serían hasta graciosas, se transformaron en unos cartílagos elefantiásicos consecuencia de la gravedad soportada por unos aros de cobre hechos con monedas de dos cincuenta.
El pelo blanco y cano, con una consistencia de estropajo, caía de su cabeza en mechones dispares que ni el violento vendaval lograba movilizar.
El sudor perlado de su juventud se había transformado en un líquido ácido y azmilcleño que fluía desde su frente y después de transitar cogiendo aromas entre cráteres y llanuras desembocaba en la comisura de sus labios adentrándose en cavernas oscuras y malolientes.
Yo imaginaba a Graciela subida en una escoba y dirigiéndose a un aquelarre en compañía de otras brujas coetáneas buscando en el horizonte los cuernos en lira del macho cabrío.
Por las noches, en mis sueños oníricos, Graciela me perseguía subida en una escoba, con las fauces abiertas, su cara macilenta y los colmillos afilados con actitud aviesa.
Los brazos de Graciela eran como los de E.T., largos y acabados en un muñón sin dedos, las uñas negras y retorcidas en espiral como la pasta con verduras helicoidales.
Soñaba que Graciela tenía un cesto lleno de ranas, a las que martirizaba insertándoles alfileres en el abdomen y esparciéndolas aún vivas sobre la plancha humeante y rojiza de la cocina de leña.
Cuando Graciela me cogía con sus brazos yo me revolvía con intención de evadirme, pero mi fuerza no era suficiente para vencer su voluntad. Después de luchar con denuedo por mi liberación, me despertaba temblando, me sentaba en la cama y el sudor frio se introducía en mis ojos, irritándolos y volviéndolos vidriosos.
Esta era Graciela, mi vecina, que tenía un corazón de oro.
Recompuso huesos dislocados, con manos de fisio, calmó músculos elongados y sus fricciones de árnica devolvían la dinámica a las articulaciones. Se dedicó además durante toda su vida a cuidar perros y gatos, y estos, que no entendían de la belleza de los seres racionales pero sí de instinto y consideración a las personas, suplieron la falta de empatia de la especie humana.
Fue acusada injustamente por clérigos y sacerdotes de prácticas satánicas con huelga litúrgica para su espíritu y desahucio de su cadáver del camposanto.
Descanse en paz Graciela.
De todas maneras, aún hoy en día, seguirán diciendo aquella frase: "Eo nun creo nas bruxas, mais habelas haylas".
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