"Gran hermano"
En unos días comenzará "Gran hermano" la versión "VIP" porque ya a nadie le interesa la vida diaria de unos desconocidos metidos en una casa con diez mil cámaras mirándote hasta el gargüelo. Sale más rentable, a efecto audiencia, el que hagan el camelo unos cuantos famosillos. Aquel experimento, "The Big Brother", comenzó un 23 de abril del año 2000 (tiene tela la cosa, el día del libro) con quince concursantes y nos dejaba a todos enganchados al televisor con una audiencia de más del 35%. No creo que fueran muy conscientes en ese momento de que a estos quince los iban a usar de conejillo de indias para un experimento psicológico. Se metieron en una casa, con la maletina a cuestas y donde van perdiendo la compostura a las pocas horas, se olvidan de tanta cámara y acaban haciendo lo que cada hijo de vecino hace en la suya: comer, hablar, cocinar, darse un baño, mear, cagar y retozar. Ahí comenzaba el curioseo, la intriga, el morbo de los espectadores, el estar mirando a unas y a otros lo que hacían o dejaban de hacer. Lo gracioso es que solo se acordaban de la vida "exterior" en las nominaciones y, entonces sí, se vestían de puturrú. No veían a nadie, solo oían la voz del "Súper", ese jefe con voz profunda y algo distorsionada que les pegaba cada susto del carajo cuando tenían que ir al confesionario o hacer alguna prueba. Se crearon vínculos tan intensos que algunos formaron pareja dentro; otros, odio acérrimo; otros no paraban de lamentarse con la famosa frase: "¿Quién me pone la pierna encima para que no levante cabeza?, ¿quién?"; otra se cuestionaba eso de "¿ordinaria yo?", aunque la frase que creó cátedra fue la de un chaval de nuestra tierra, Nicky, que de forma errática le dijo a otra concursante hasta ocho veces "dame los papeles de la paella". A día de hoy no sé qué habrá sido de toda esta gente mientras yo también pienso: "Dame los papeles".
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