Crímenes ambientales
Crecen las catástrofes y sube el número de defensores del planeta asesinados. Es evidente que el clima se deteriora. El año pasado fueron asesinadas de manera impune 177 personas defensoras de la tierra y del medio ambiente en todo el mundo, 60 de ellas en Colombia, según el informe de Global Witness.
La lucha por proteger el planeta les costó la vida a 1.910 personas en los últimos diez años, 382 en Colombia, país que sigue repitiendo como el más peligroso del mundo para los ambientalistas.
El 33% de las personas asesinadas eran integrantes de los pueblos indígenas que son imprescindibles en la tarea de mitigar la crisis climática al proteger su hogar que es la selva del Amazonas en Colombia y Brasil, las selvas centroamericanas en México y Honduras, y los bosques tropicales de Asia y África.
Además de los asesinatos se amenaza y se difama, incluso se está penalizando la defensa de los bosques por opuesta a la libertad de empresa y al progreso. Los necro-empresarios mandan a la cárcel al ambientalista que no logran matar.
¿Quiénes se benefician de estos crímenes? Las multinacionales que están devastando bosques, humedales, océanos y zonas críticas de biodiversidad. Son grandes empresas mineras del oro, litio, cobre, zinc, hierro, carbón, tierras raras, petroleras, madereras, la agroindustria y la multinacional del narcotráfico con sus banqueros lavadores del dinero sucio. Son empresas de todo el mundo con sede sobre todo en Reino Unido, la Unión Europea y los Estados Unidos. Grandes corporaciones que son las responsables del desastre climático global, que secuestraron a los Estados, corrompen, chantajean gobiernos y pagan las pomposas cumbres del clima. Son el auténtico poder mundial que nadie elige y que convierte la democracia en una farsa.
El fanatismo neoliberal con sus dogmas basados en las fuerzas del mercado y en el crecimiento económico sin límites nos lleva camino a la extinción masiva.
Es urgente actuar en solidaridad con los pueblos indígenas que mueren asesinados intentando paliar un desastre global del que no son responsables.
Es necesario ponerles nombre propio a las corporaciones y hacerles pagar su irresponsabilidad.
Es inevitable abrir el debate social y académico sobre los límites de los derechos de propiedad.
La falta de resultados de las cumbres de mandamases y la gravedad de la situación nos legitima como ciudadanos para practicar la desobediencia civil ante la voracidad suicida, criminal, de las élites que se adueñaron del mundo.
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