Venancio

13 de Septiembre del 2023 - Fernando Vijande Fernández (Castropol)

“Venancio” era un perro mastín. A “Venancio” le gustaban las mayegas de trigo (siempre le caía un “torrezo” en la boca en los descansos) y ladrar a las estrellas de noche.

“Cállate, ‘Venancio’”, le decía, “que no me dejas dormir”, pero “Venancio” no estaba por la labor de respetar mi sueño y todo lo más que hacía era alejarse un poco y seguir con su idioma estelar.

El día que “Venancio” mató un “parcoteixo” fue considerado un héroe en el pueblo y los vecinos pasearon el animal muerto seguido por su ejecutor pidiendo el aguinaldo.

“Venancio” era paciente en el amor y en la aventura. Su pretendida, “Adelina”, era una perra de Payeiro que tenía malas pulgas y enseñaba los dientes cuando la aproximación no era de su agrado.

Yo veía a “Venancio” llegar a casa de “Adelina” con el “torrezo” en la boca y los ojos brillantes y entusiasmados, pero la indiferencia de esta apagaba todos sus avances en la relación.

Una cosa que le gustaba a “Venancio”, aparte de cortejar a su consentida “Adelina”, era, como ya dije, la aventura. Quería subir al Kilimanjaro que está en África porque le dijeron que allí se podían tocar las estrellas con la mano (perdón con la pata). Después de mirar un mapa el único obstáculo que tenía para llegar era el estrecho de Gibraltar y pensó que si daba un buen brinco desde Algeciras estaría en África, pero “Venancio” no sabía nada de las escalas de los mapas.

Mientras “Venancio” esperaba pacientemente subir al Kilimanjaro y avanzar en su relación con “Adelina”, fue pasando el tiempo y el tiempo no perdona y, claro, le entró una artrosis de cadera, con lo cual quedó postrado y mirando al cielo de noche ladrándole a la Osa Mayor.

Yo tenía un amigo, Nicomedes (Nico), que le dio un “aire” al nacer y quedó un poco lelo y “Venancio”, claro, nació en una noche estrellada de vendaval, por lo tanto, cómo queréis que sea.

Cuando murió “Venancio” los vecinos del pueblo fueron en procesión, lo enterraron al lado de la fuente de agua y encargaron a escote una estatua de alabastro subida a una peana con la pata levantada, un “torrezo” en la boca que parecía una brújula y señalando las estrellas para que no perdiera el norte.

Por la noche, cuando estoy a punto de dormir, siento ladrar y le digo: “Cállate, ‘Venancio’”, y este me responde: “Anda, anda, tómate la pastilla de orfidal”.

¡En mi pueblo pasaban unas cosas!

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