La Concha de Artedo
He vuelto ayer, al caer de la tarde, a mi preferida Concha de Artedo. Playa, verdadero museo de sentimientos, que muchos nunca olvidarán. Y cuando a ella me acerco lleno de tensiones y desalientos económicos, políticos, humanos o religiosos, pronto observo que mi mente se encamina hacia adelante, hacia una límpida claridad que va borrando todas mis mezquindades.
Más allá de sus blancas piedras, el murmullo insinuante de las olas me lleva a la vívida inmediatez ,más allá del mundo verbal, de la energía radiante del silencio, poesía de la juventud y descansada prosa de la madurez. Paradoja de su silencio: la verdad comienza más allá de cualquier ruido verbal.
Además la serenidad de su belleza nos invita a encontrar esa vía de acceso que pueda traer a esta Asturias un trozo de su cielo: a tomar en serio la paz y la concordia, a afrontar con serenidad los miedos, a madurar, a descubrirnos, a liberar lo bueno que hay entre tantos fallos.
Y pienso, después de una experiencia así vivida en la Concha de Artedo, que el mismo Jesús fue quien me hizo ver un iluminado cielo abierto. Así que, cuando dejé atrás la paz de la Concha de Artedo, ya bien sabía que todo había sido una auténtica experiencia redentora.
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