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Reescribiendo libros

21 de Septiembre del 2023 - Javier Cortiñas González (Villaviciosa)

Volvía de comprar la barra de pan, cuando al pasar por la marquesina del autobús, vi el cartel del anuncio de la película "La sirenita". Me chocó el color oscuro de su cara, que supuse correspondía a una escena en el fondo del mar con poca luz. Al llegar a casa y comentarlo con mi compañera sentimental de toda la vida, me aclaró que eso tenía que ver con la cultura "woke". ¿Y, qué tiene que ver la cultura "wok" con el anuncio de la película?, le contesté, pensando en el conocido cuenco metálico donde se hacen los salteados orientales. No tiene nada que ver con las fritangas, me refiero a la cultura "woke" con una "e" al final, añadió ella. Lo oí el otro día haciendo cola en la pescadería del supermercado. Así que, en lugar de escuchar cómo se preparaba un bacalao al pil-pil en Segovia, me tocó una conversación sobre cultura "woke". Tomé nota de lo que me dijo y, desde entonces, he procurado ir yo a comprar pescado, aunque tengo que reconocer que no me ha tocado la suerte por ahora de atender a ninguna conversación de especial interés.

Por curiosidad y amor propio empecé a indagar sobre el asunto en cuestión, con sus aspectos colaterales de políticamente correcto, cultura de cancelación, generaciones "snowflake" o de cristal, etcétera, para terminar formándome un tremendo batiburrillo mental, cuando uno no está más que para seguir el culebrón del presidente de la Real Federación Española de Fútbol y su ya casi beso de leyenda.

Al parecer, la cultura "woke", que surgió en Estados Unidos en la segunda mitad del siglo pasado con la mejor intención de proteger de todo tipo de ofensa a las minorías pertenecientes a grupos étnicos, raciales, religiosos, ideológicos o sexuales, ha ido desarrollando, para evitar ofenderlas, la cultura de lo políticamente correcto, concepto que abarca desde la manera de hablar, la revisión de la historia, las ciencias, las artes, incluyendo la literatura y el cine. De manera que se ha ido imponiendo la tiranía de un pensamiento único hasta obligar a suprimir expresiones en la forma de hablar, con actitudes y posicionamientos supuestamente considerados ofensivos por sus partidarios. Lo que ha derivado en una censura para doblegar a los que no comparten o no aceptan sus postulados, si no quieren verse criticados públicamente en las redes sociales, acontecimientos públicos, vida profesional, etcétera.

Los ejemplos están bien a la vista, con el uso del lenguaje inclusivo por algunas de nuestras representantes de la bobería exquisita de izquierda. En la historia: juzgando con mentalidad actual hechos ocurridos en el pasado, como considerar genocida al Imperio Romano porque arrasó el continente europeo para conquistar, esclavizar y someter al resto de pueblos que había en aquella época, o condenar a Colón como responsable de un genocidio en América y, en el colmo del absurdo, exigir la destrucción de las pirámides egipcias de Giza porque fueron construidas con mano de obra esclava. El historiador debe contar los hechos del pasado, interpretarlos y explicarlos, pero no juzgarlos con nuestros criterios actuales.

Estamos en un momento tan absurdo, donde se podría denunciar a Pitágoras por insultar de catetos a los lados más pequeños del triángulo rectángulo, a pesar de que probablemente surgirían algunos defensores, porque supo tener en cuenta la perspectiva de género, al dar el nombre de hipotenusa al lado más largo de su triángulo, nada menos que hace dos mil quinientos años. Hasta condenar a la química por sexista porque a la hora de diluir el ácido sulfúrico en agua, nos enseña que siempre hay que añadir el ácido sobre ella -el agua- y no al revés.

En literatura, ha surgido la corriente de los que abogan por la reescritura de aquellas obras de la literatura universal, para ajustarse a los cánones del pensamiento único, consideradas sexistas, violentas, machistas o símbolos del supremacismo blanco. Aunque sería harto dudoso que, después de semejante corrección, fueran reconocibles las obras de Homero, Shakespeare, Cervantes, Wilde, Stevenson, Dumas, Nabokov, Agatha Christie o las historietas de Tintín, Astérix y Manolito Gafotas. La polémica no acaba más que empezar con la revisión y reescritura de cuentos clásicos infantiles y juveniles. Porque la supuesta crueldad del cuento clásico de Caperucita hay que ocultarla, para no traumatizar a nuestros niños, y cambiarla por la versión de una Caperucita que no tiene miedo al lobo al que mata y con su piel se hace un abrigo, para convertirse en madre soltera y salir por la noche con su amiga Blancanieves. Me niego a creer que se vayan a reescribir las historietas de nuestros detectives Mortadelo y Filemón, el de los ingeniosos disfraces, que ya no usará, porque nos dirá que los utilizaba, entre otros motivos, para ocultar su auténtica orientación sexual y así burlar la dictadura franquista de la época. Sus historietas perderán la gracia y serán totalmente aburridas, capaces de remover en la tumba a su creador Ibáñez.

Pienso que ahora puede quedar más claro el porqué de la revisión del cuento de la sirenita, personaje de la mitología y el folclore europeos que, de ser blanca como el bacalao nórdico y además rubia, la han transformado en una entrañable criatura afrodescendiente. A saber en qué acabará esto y qué vendrá después.

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