La locura de pagar la cuenta en un restaurante
Las cenas son una muy buena forma de compartir pensamientos, emociones, alegrías, tristezas y secretos del corazón con aquellos que queremos o con los que tenemos cierta afinidad. En esas celebraciones cada uno aporta un grano de arena a la fiesta. El grano de arena a esta cena fue realmente soberbio y atípico, nunca nada igual que este enorme grano arenoso nunca antes.
La celebración comienza, cada uno pide lo que le apetece, puede pagar y le parece bien para cenar, no todos tienen unos estómagos hercúleos que puedan deglutir todo lo que les apetezca.
Alguna persona te pregunta por qué no pides algo como aperitivo y cuando le dices que con el pescado, las verduras, las patatas cocidas y las fritas también y ¡los maravillosos trozos de pan que sirven con una mantequilla salada que te quita el aliento y, sobre todo, te hace crecer la tensión arterial hasta unas cumbres borrascosas insospechadas!
Sirven las bebidas, los aperitivos, traen jarras de agua con hielo gratis y empezamos a hablar, muchos de los que estaban en esa cena no se conocían. Un matrimonio, él inglés, ella de la República Checa, habla 5 idiomas, el resto eran matrimonios ingleses de distintas partes del país, solo hablaban inglés. Otra pareja, los dos hablaban inglés y español. La conversación fue fluida, encantadora y altamente entretenida. Nadie pidió postre, ¡ay el colesterol, los kilos que nunca perdemos, las tallas pequeñas que antes podíamos vestir y la tensión arterial que, aunque ni comamos una zanahoria al día, baja jamás!
El escenario era una maravilla, una antigua casa transformada en un pub-bar-teatro-restaurante, lleno de música, buenas vibraciones, mucha alegría y luz. Alguien pide la cuenta, ese alguien la revisa y nos dice lo que hemos de pagar cada uno, "tú 40 libras, tú 38, tú... y tú, Johnny, tienes que pagar 143 libras, que incluye la propina. Johnny no dijo nada, pero se cortaba el aire porque pagó las bebidas de otro, que bebió el Támesis, el Avon, el Dee y muchos otros. Nadie dijo nada con los labios, pero sí con sus caras. La cena concluyó, se bajó el telón y se levantó la sesión. Todos en un silencio "consentido", salieron. Se despidieron y así acabó todo.
Ya decía mi abuela que los ingleses eran un tanto distintos a los españoles; si aún estuviera a este lado del universo, lo seguiría manteniendo. Sin embargo, he de decir que estas personas lo pasaron especialmente bien porque compartieron unos momentos irrepetibles y podías sentir cuánto se querían y se respetaban entre sí.
Me despido, desde Inglaterra esta vez, deseándoles mucha paz y mucho bien, pásenlo muy bien y pórtense especialmente bien. ¡Hala, con Dios!
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