Mi perro "Moncho"
Me encontraba triste, cansado, de mal humor. No encontraba sentido a mi vida. Añoraba mi juventud, mi trabajo, sentía que no valía nada. Todo el mundo pasaba de mí.
Salí a la terraza. Mi perro al verme giró la cabeza en sentido contrario y no me hizo caso.
"Buenos días chucho", le saludé. Este, sin volver la cabeza, me contestó: "Mira, olvídate de mí. Si estás mal vete al psiquiatra que te dé pastillas o si no que te haga un electroshock, además, no me llamo chucho, me llamo 'Ramón' y cuando tengamos bastante confianza me puedes llamar "Moncho" y los "chuchos" que te los dé tu mujer. Además, yo tengo bastante con lo mío".
"Cuéntame lo tuyo", le dije con empatía.
No me contestó, se levantó y se alejó caminando despacio.
Me preocupaba mi perro, así que comprobé si tenía agua y pienso y sí, los platos estaban llenos.
Lo único que no había tocado era el hueso que le había puesto el día anterior. Ni siquiera lo había cambiado de sitio.
Salí al jardín y lo encontré acostado debajo de la higuera y con la mirada perdida. Me acerqué y le pregunté:
"Puedo hacer algo o quieres estar solo?".
No me contestó y cambió la cabeza de lado como queriendo que lo dejase en paz. Cuando ya me iba me dijo: "Tengo bastante con lo mío".
Por la tarde, mi perro seguía debajo de la higuera. No era normal ese distanciamiento. No había comido nada.
Me aproximé con actitud comprensiva y con ganas de que me contara. Me miró y empezó a hablar: "¿Quieres saber lo que me pasa? ¿Quieres saberlo?", me dijo. "Pues que estoy cansado de mover el rabo, estoy cansado de la misma rutina todos los días, de ladrar a todo el mundo, de ir de una esquina a otra. Los días van pasando y las oportunidades se acaban y se pierden. Así que cómo quieres que me sienta. Mal. No veo salida a todo esto".
Yo lo miré a los ojos, le acaricié las orejas y le dije:
"Te entiendo, no estás solo".
Al día siguiente, cogí a "Moncho", nos subimos en el coche y fuimos los dos al psiquiatra.
Era lo menos que podía hacer.
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