Ramón de Dolorios
Ramón de Dolores (Dolorios) era un hombre que vivía en una pequeña casa en mi pueblo y estaba delicado de salud.
Su madre, Dolores, lo cuidaba todo lo que buenamente podía, aunque no podía mucho. No tenían tierras y solamente un huerto donde plantaban berzas para criar un cerdo y así tener algo que echarle al caldo los meses de invierno (en verano también se hacía caldo, no había otra cosa).
Ramón de Dolorios no podía trabajar. Estaba enfermo del pulmón, eso decían y debía de ser verdad pues respiraba mal y el médico Muiña le recomendaba hacer vahos de eucalipto. Me acuerdo de entrar en su casa y encontrar siempre encima de la cocina de leña una pota con remaches llena de agua oscura con hojas de eucalipto.
Ramón de Doloríos era un gran pescador de caña. No tenía chalano, pero yo lo recuerdo con una canaveira larga y una tanza y dos anzuelos empatados y con una xorra ensartada en cada uno de ellos.
Ramón me enseñó a pescar. Primero íbamos a coger xorra en un bote vacío de melocotones y le echábamos un poco de "marfollo" para que no se secase (el bote de melocotones era de la basura de casa de la Louxa, en mi casa y en la de Ramón no comíamos esas cosas).
Cuando la marea empezaba a subir nos dirigíamos a la ría y, con la xorra enfilada en el anzuelo, tirábamos la tanza con un plomo sujetada a la canaveira y a esperar.
Yo, que siempre fui impaciente, llevaba mal lo de esperar que picasen, pero de todas formas tenía suerte y aparte de los farros y maragotas también cogía alguna lubina y sargos que no daban la talla, pero en esa época no había ningún control.
Ramón de Dolorios aceptaba su enfermedad con resignación, era lo quería Dios y este sabía lo que tenía que hacer, decía. Yo me rebelaba y le decía que, aunque Dios nos mirara con aquel ojo metido en un triángulo que traía la historia sagrada, podía cerrar el ojo de vez en cuando y curarle el pulmón a Ramón, pero este me decía que no dijese blasfemias.
O sea, que Dios no quería curar el pulmón de Ramón y además era vengativo porque cuando te caías te decían tus padres: "Dios castiga sin palo ni piedra".
Así que Dios estaba en todas partes y un día decidió que Ramón dejase de pescar, lo encamó durante tres dias y lo llevó junto a otro pescador a las puertas del cielo.
Cuando me acerqué a su casa encontré a Dolorios llorando su muerte.
Ninguna madre está preparada para llorar la muerte de un hijo, pero era lo que Dios quería.
Al día siguiente, después del funeral, bajé a la ría a pescar y por más que lancé el cebo no cogí ningún pez.
Ese día los peces estaban tristes y no acudieron.
Yo, que también estaba triste, no volví a pescar y las xorras que quedaban en el bote las deposité en la ría del Eo.
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