Al personal del Sanatorio Adaro, ¡gracias!
Cuando hace siete años y medio mi madre me pidió, con un montón de explicaciones claras, que le solicitara una plaza en una residencia del ERA, a mí se me vino el mundo encima. A sus sólidos argumentos yo intenté esgrimir otras mil razones para no hacerlo, pero, dada su firme decisión, no hubo forma de convencerla (ya lo había intentado tiempo atrás y conseguí que desistiera, pero en esta ocasión fue imposible).
Cuando, después de los trámites exigidos, consiguió la deseada plaza, y tuve que acompañarla al Sanatorio Adaro de Sama (el que le correspondió según su expediente y al que, además, deseaba ir ella porque había estado allí, recuperándose de una cirugía de cadera y quería quedarse ya en ese momento), se me desgarró el alma y se me hizo insoportable volver a casa sin ella.
Nada me hacía presagiar que aquel día sería el primero de uno de los periodos más felices en la vida de mi madre. Y a ello iban a contribuir una serie de factores: sus compañeras de habitación y otros residentes con los que socializaba habitualmente; las actividades de terapia; los paseos por el jardín; las fiestas que, en el fechas señaladas, se organizaban y a las que acudía hasta que su salud se lo permitió; las celebraciones religiosas; las innumerables mantas de ganchillo que tejió; las visitas asiduas e impagables de su primo-hermano Joaquín, a quien adoraba, y de su nieto Juanín (última palabra que pronunció) que la llenaba de besos…
Pero si alguien contribuyó, de manera ejemplar, a ese bienestar del que disfrutó mi madre durante estos siete años largos, fue el personal de este Sanatorio Adaro que, desde el minuto uno, la acogió y trató con exquisita profesionalidad. Cuando alguien le preguntaba por qué estaba tan contenta allí, ella siempre respondía con la misma frase: “Aquí me cuidan, me miman y me desean todos los días, a veces hasta con un beso, las buenas noches”. Ella se sentía allí (y así la llamaba) como si fuera su casa.
Pues por todo eso que hicisteis hasta el día de su fallecimiento, a todos y cada uno de vosotros –personal de limpieza, auxiliares de enfermería, enfermeros, médicos… (sería imposible nombraros a todos, sin olvidarme de alguno, pero todos sabéis quiénes sois)–, los que estuvisteis antes y los que estáis ahora, no puedo menos que daros las gracias. Gracias, gracias y gracias…, porque qué más quiere un hijo para su madre que la cuiden, la mimen y la traten con cariño. Y yo fui testigo, cada día, de que eso era así.
Siempre estaré en deuda con vosotros.
Un abrazo del hijo de Olvido.
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