Miscelánea
Si, hasta hace poco tiempo atrás, parásemos a pie de calle a las parejas que pasan y les preguntásemos cómo se conocieron, encontraríamos un abanico amplio y original de respuestas. Desde los que se conocieron dándose un encontronazo en la oficina con todos los papeles por el suelo, los que les presentó un amigo (típico), los que se conocieron en un tren, los que se pusieron a dialogar de sus aficiones en la consulta del médico (como la Jurado y Ortega Cano), los que se enamoraron en la comisaría porque él era el policía que le recogió la denuncia, los que se sentaron juntos en una comida de una excursión organizada, los de la pescadería porque ella era pescadera y él un pulpo, el profe que se distraía con la alumna de la esquina derecha, el abogado que llevó el divorcio, el vecino del segundo que le ayudó a hacer la mudanza. Lo normal, vamos, pero las cosas ya no son lo de antes y ahora entre el estrés que no da tiempo a socializar, el covid-19 que nos obligó a saber cómo hacer una videollamada y que pica un poco la curiosidad, surge la amistad y el amor (digamos en el mayor sentido de la palabra) por las aplicaciones de citas, tipo Tinder, Badoo, Lovoo (esta debe de estar petada de lobos) que si no ligas es porque no quieres. Indicas lo que buscas (el apartado robot aún no existe), tus datos (la edad aquí algunos dicen que no se puede cambiar, en fin...), una fotito decente (que las hay que meten miedo) y una descripción aclaratoria de ti mismo para ir “abriendo boca” y ya está, ¡venga a ligar, que se acaba el mundo! Enseguida se pone la cosa al rojo vivo, recibiendo matches sin parar y más flechazos que Cupido en plena faena de San Valentín. Los hay tan desesperados que directamente preguntan: “¿F*llas?” como si el dios Cronos le hubiera dado un ultimátum, otros se nota un huevo que están casados y ponen foto de George Clooney, otro que te suena la cara y resulta que es tu ex yendo de guay, otros que no son, vamos a decirlo, agraciados por naturaleza y otros que no conectas ni con 600 megas juntos con el “hola” inicial. El tema es que con todo esto se pierde la gracia de antaño, cuando dos se iban detrás de un mato a sobarse, se requeteolían la colonia, se susurraban al oído todo lo que no estaba en los escritos y se descubrían el secreto mejor guardado. Por mucho que se ligue en la red, donde esté una buena sorpresa al natural que se quite lo demás porque, sinceramente, no tiene gracia.
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